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Blog de Xandru Fernández
Updated: fae 2 hores 55 min

Gambito de confluencia

28 Xunu, 2015

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Sutures

22 Xunu, 2015

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Pactar pegados

17 Xunu, 2015

El pasado 25 de mayo se abrió la veda para cazar pactos. Y apareció en escena un personaje melifluo como una canción de Sergio Dalma y tan dado a los disfraces que podemos encontrárnoslo con diferentes rostros y apellidos en cada comunidad autónoma, por no decir también en cada ayuntamiento. Se trata del arúspice post electoral, un técnico sin formación específica pero sobradamente cualificado para leer en los resultados electorales los deseos más inconfesables de los votantes. El arúspice post electoral sabe, no solo sospecha, qué querrían las gentes que votaron a Podemos, a IU o al PSOE en el caso de que su partido no ganara las elecciones o las ganara sin chulería absoluta. Si hay que creerle, está claro que todos y cada uno de esos votantes votaron pacto.

A nuestro arúspice post electoral le asoman un par de tics poco confiables. Para empezar, le da igual que Podemos no se presentara a las elecciones municipales: es de los que no confía en las palabras, sobre todo si algunas de esas palabras son “unidad” y “popular”. Las candidaturas de unidad popular, que constituyeron el gran hecho diferencial de estos comicios, son, para él, un simple disfraz de Podemos. Eso no le impide utilizar los resultados para declarar solemnemente que Podemos ha quedado por debajo de esas candidaturas tan (ahora sí) abiertas, participativas y horizontales. Pero, por lo demás, para él (o para ella), Carmena y Colau son Podemos o deberían serlo. A nuestro ojeador de tendencias se le nota a la legua que no cree que la política venga de París, sino de un trato carnal tirando a sórdido y no demasiado consentido.

El segundo tic tiene relación con el primero: el arúspice post electoral derrocha responsabilidad. Se le sale la responsabilidad por los poros. “Ética de la responsabilidad” es uno de sus sintagmas preferidos, junto con los no tan weberianos “predicar y dar trigo”, “mancharse las manos” y “pasar de las musas al teatro”. En su vocabulario abundan las palabras “responsable”, “madurez”, “virginidad” y “consenso”, y en esa nube de etiquetas nos movemos desde el día 25. Los nuevos actores electorales (en su jerga, Podemos) deberían mostrar madurez, altura de miras y capacidad de diálogo, renunciando a convicciones que están muy bien sobre el papel pero que son simple lastre cuando se trata de gobernar algo, sea un país, un municipio o una relación de pareja. Aclaremos esto último porque es lo que verdaderamente importa.

El arúspice post electoral se ha montado su análisis sobre una lectura un tanto sesgada de “Orgullo y Prejuicio”. En la novela de Jane Austen, Lizzy Bennett, también conocida como “los nuevos actores electorales” (y a la que llamaremos “Podemos” en la intimidad de la alcoba), se pasaba varios cientos de páginas amando y aborreciendo por igual al señor Darcy (a.k.a. PSOE), el cual, a su vez, hipaba de gusto cada vez que la veía pero hacía todo lo posible por no darse por hipado, toda vez que la muchacha pertenecía a un círculo social muy por debajo del suyo. La novela no revela otra cosa que los pormenores y los disimulos de una larga negociación cuyo resultado es una boda fastuosa por la cual Lizzy Bennett deviene señora de Pemberley a cambio de renunciar a su virginidad y a sus prejuicios intelectuales. No sabemos qué obtiene el señor Darcy a cambio de contaminar su estirpe con sangre plebeya, pero es de suponer que, al menos, le cabe la satisfacción de haber cazado a tan codiciada presa y haberle recordado que también ella, por debajo de las muselinas y los bordados, está hecha de carne y fluidos.

Nuestro estimado arúspice comparte los prejuicios del señor Darcy y, ante las dudas de Lizzy, solo encuentra dos explicaciones: o bien la muchacha es una mojigata de tomo y lomo, o bien tiene la cabeza llena de pájaros, y de ambas tonterías puede curarla el PSOE, iniciándola en el sexo adulto y en el arte de ser una mujer responsable. Ni se le pasa por la imaginación que a Lizzy no la atraiga en absoluto una vigorosa polla heteropatriarcal. Al bipartidismo aún le quedan un par de estaciones para superar la misoginia romántica.

[Artículo publicado en Diagonal, 12 de junio de 2015.]


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Guillermo Zapata no debía dimitir

15 Xunu, 2015

Guillermo Zapata no debía dimitir. Y me importa muy poco que al hacerlo esté mostrando una dignidad que no han tenido otros por tropelías mucho más sangrantes: si hay dos personas que a mis ojos han crecido en estatura moral durante las últimas cuarenta y ocho horas, esas son Zapata y Ana Taboada, la candidata a la alcaldía de Somos Uviéu que prefirió cederle al PSOE el gobierno de la capital asturiana antes que permitir que el PSOE se lo cediese al PP; pero, en el primer caso, ese ejercicio de responsabilidad ha sido estéril. El equipo de gobierno de Ahora Madrid ha sido objeto de un ataque por persona interpuesta y el resultado es que ni la dimisión de esta servirá para frenar la intensidad del hostigamiento ni su proyecto político es ahora más sólido. Por supuesto, esa habría sido la decisión correcta si el comportamiento de Zapata hubiese sido constitutivo de delito, o moralmente reprobable, o políticamente inadecuado. Pero no es ninguna de esas tres cosas.

No es constitutivo de delito. Por mucho que la policía abra diligencias para investigar si los tuits de Zapata constituyen “incitación al odio”, lo más previsible es que las diligencias se archiven sin otra consecuencia que haber hecho perder el tiempo a un montón de funcionarios. Naturalmente, puede caernos del cielo un ejercicio de Derecho imaginativo que cargue a Zapata con unos cuantos grilletes, pero ese escenario, ahora mismo, no me parece previsible.

No es moralmente reprobable. Así como el Derecho juzga conductas, la ética tiene el deber de juzgar caracteres y trayectorias. Cuando Hauke Pattist les espetó a unos periodistas el mismo chiste que Zapata reprodujo en uno de sus tuits, era imposible sustraerse al hecho de que quien lo contaba había sido declarado responsable de la detención de 2000 judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En la trayectoria de Guillermo Zapata, incluso si uno quiere pasar por alto el contexto en que fueron escritos los dichosos tuits, estos destacarían como poco más que un borrón en una inmaculada hoja de servicios. Ni siquiera como un desliz. Ni siquiera como una travesura juvenil. Si hay que seguir en algo a Aristóteles y aceptar que “toda disposición de ánimo procede de la costumbre”, no parece creíble que Zapata tenga por costumbre reírse de los judíos o de las víctimas del terrorismo.

No es políticamente inadecuado. Al contrario: si en algo tiene que ir notándose la diferencia entre nueva y vieja política, es en el carácter inclusivo, inequívocamente democrático, de la primera. Toda revolución democrática ha consistido en la ampliación del campo institucional para dar cabida a actores sociales que hasta entonces estaban excluidos del mismo. La presencia de Guillermo Zapata en el recién inaugurado consistorio madrileño daba pie a pensar que la irreverencia ya no sería un obstáculo para ser concejal de Cultura. Esta esperanza es la que se ha dañado al claudicar frente al gusto hegemónico, como si el buen gusto fuese una ley natural que ninguna acción política pudiera transformar.

Sí: tanto Ana Taboada como Guillermo Zapata han ejercido la renuncia y el sacrificio en aras del bien común, pero en el primer caso ese bien común ha salido reforzado, mientras que Manuela Carmena, al aceptar la dimisión de Zapata, lo ha debilitado. No es una catástrofe, cierto, pero es una putada.


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Lacrimosa

14 Xunu, 2015

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Cultura, corrupción y reliquias camboyanas

9 Xunu, 2015

malrauxselloEn el convento de San Francisco, en Puebla (México), se conserva el cuerpo del beato Sebastián de Aparicio, fallecido en 1600. Lo tienen expuesto en un sarcófago de cristal. No parece un cadáver. Parece un vagabundo a quien hubieran molido a palos, pero cadáver no parece. Si mañana tuviera lugar el tan anunciado apocalipsis zombi, los difuntos incorruptos como el beato Sebastián contarían con una ventaja adaptativa: la de poder infiltrarse entre los vivos sin ser detectados fácilmente.

Lo que nos aterra de las películas de zombis no es solo que los muertos caminen y ataquen a los vivos, sino que, a pesar de su dieta rica en proteínas, su estado no mejora: siguen pareciendo cadáveres. Un zombi de piel sonrosada, con la dentadura completa y correctamente vestido, no se diferenciaría demasiado de Jeffrey Dahmer o de Christine Lagarde.

A los cadáveres se les supone cierta incapacidad para recitar versos y tocar el bandoneón. De ahí que la resurrección de Beethoven o de Shakespeare no haya sido el tema de ninguna superproducción de Hollywood. Tampoco lo han sido los zombis incorruptos: ante un cadáver andante que no parece un cadáver, uno no reacciona con horror. Sería de hecho bastante difícil atravesarle el cráneo aun en defensa propia: en cuanto el prójimo deja de parecer carroña, desarrollamos hacia él cierta empatía, incluso compasión. Nos haríamos amigos suyos y nos dejaríamos comer mientras nos jactamos de lo mucho que hemos avanzado en su rehabilitación dietética.

banteay sreiDesde luego, no sería imposible que un zombi incorrupto nos produjese algo de repulsión. Después de todo, los cuerpos que no se han descompuesto no se conservan exactamente como estaban cuando estaban vivos, sino cuando se murieron, que no es lo mismo. De un modo análogo, la conservación óptima de una pirámide azteca no implica que esta vuelva a cumplir la función para la que fue construida, sino mantenerla como estaba cuando dejó de cumplir esa función pero aún no había sido atacada y devastada por el tiempo y la usura. En algo así pensaba Malraux cuando definió la cultura como “todo lo que sobre la tierra ha pertenecido al amplio dominio de lo que ya no es, pero que ha sobrevivido”. La cultura como resto arqueológico, como patrimonio o, sencillamente, como cadáver. La política cultural, entonces, sería el arte del embalsamador.

Malraux hizo política cultural desde la convicción absoluta de que solo lo inactual tiene derecho a ser cultura, e inició un ambicioso proyecto de democratización de la cultura consistente en garantizar a todo el mundo el acceso, el conocimiento y el disfrute intelectual de los grandes cadáveres del arte. Todo lo que no fuese cultura así concebida sería, simplemente, divertimento: ocio. Es un esquema booleano: cultura y ocio duermen en habitaciones separadas, y donde está uno no puede estar la otra. Invitación también al juego de palabras: si lo contrario del ocio es el negocio (nec otium) y si la cultura se opone al ocio, entonces por fuerza toda forma de cultura será negocio, aunque no todo negocio sea cultura.

Es comprensible que la cultura, entendida à la Malraux, sea y tenga que ser un negocio: la conservación y restauración de ese pasado que se resiste a pudrirse requiere grandes inversiones de dinero que, en una sociedad como la nuestra, y no hay otra, obedecerán a la búsqueda de una rentabilidad. FCC nunca invertirá en restaurar retablos barrocos a no ser que, a cambio, obtenga un beneficio superior al de dejar ese capital produciendo intereses en una cuenta bancaria.

Hacer negocio con el patrimonio cultural era algo que a Malraux ya se le había ocurrido tiempo atrás, mucho antes de embarcarse en la nave patriótica del general De Gaulle y asumir el papel de ministro de “asuntos culturales”. En 1923, las autoridades coloniales le habían detenido en Camboya, junto a su mujer, por arrancar varios relieves del templo jemer de Banteay Srei con la intención de venderlos. Es sabido que Malraux organizó la defensa de su caso arremetiendo contra la dejadez del Estado francés en materia de patrimonio arqueológico: el delito que se le imputaba no habría podido cometerse si el Estado hubiera hecho los deberes protegiendo adecuadamente el templo. De ahí a la denuncia pública del colonialismo francés no hubo solución de continuidad, pero tampoco coherencia argumentativa: a Malraux el anticolonialismo le vino impuesto por sus experiencias en Indochina, dentro de las cuales el caso Banteay Srei fue tan solo un comienzo desafortunado.

Los relieves de Banteay Srei. Su conservación, su exhibición, su venta: ninguna de esas operaciones proporciona ninguna rentabilidad a sus ya olvidados autores, entendiendo esta expresión en su sentido más genérico, ni le devuelve al templo jemer una funcionalidad absolutamente extinta. Si el Estado puede y debe asumir la conservación de esos restos del pasado es porque estos poseen un valor incontestable. Un valor económico, seguramente, pero también, y de modo conspicuo, un valor simbólico: dejar que el pasado se corrompa y se diluya o arremeter intencionadamente contra él, como el Estado Islámico en la ciudad de Hatra, requiere tener muy claro qué futuro se desea para esa sociedad y por regla general a esas claridades no se llega por procedimientos democráticos. Bastaría con asumir, modestamente, que no hay muchas razones para justificar que un Rubens se descascarille: axioma para una política cultural de mínimos.

estd-029Mientras en Francia era Malraux quien tenía la última palabra en cuestiones de política cultural, en España esa distinción la ostentaba la SGAE. Seamos serios: el punto de llegada, con matices, resultó ser prácticamente el mismo, pero entre tanto la evolución de la SGAE resume, a no pequeña escala, la historia de la política cultural en España durante los últimos tres cuartos de siglo. Así como, durante la dictadura, la afiliación obligatoria a la entidad reflejaba las directrices del sindicalismo vertical, donde solo existía lo que estaba validado por el Estado, ya fuese un matrimonio o un autor dramático, con el advenimiento de la sacrosanta y nunca bien ponderada transición democrática la SGAE se convirtió en un poderoso aparato de extracción de plusvalías al amparo del Estado, más o menos como cualquier empresa de las muchas que prosperaban y se mantienen prósperas al calor de las administraciones públicas. La SGAE es el Talleyrand de la historia reciente de España: todo cambia, pero ella permanece.

A los dominios de la SGAE pertenece todo aquello que Malraux consideraba divertimento. Si el Estado solo debe proteger aquello que el tiempo ha validado como cultura, ciertamente hay que acudir a instancias de legitimación extraculturales para defender que haya que gastar dinero público en financiar proyectos cuyos beneficios, en caso de haberlos, redundarán en bolsillos privados. Puede hacerse si se tienen en cuenta otras variables, como la creación de empleo, o en atención a una definición de cultura mucho más amplia que la que manejaba Malraux, pero no parece que el recurso a la excelencia artística sea la vía más defendible. Mejor dejar que los cadáveres se las apañen solos y, si consiguen sobrevivir, no sea a costa de pegarle bocados al erario público.

Puesto que corromperse es cosa de cadáveres, no habría mucho que temer de una cultura viva, palpitante, en una sociedad inquieta donde no se cerraran centros autogestionados ni se favoreciera descaradamente la promoción pública de negocios privados. Muy otra cosa es lo que ocurre cuando un puñado de zombis se dedica a extorsionar, a influir en organismos públicos o a redactar por persona interpuesta leyes de propiedad intelectual. La SGAE no pertenece al mundo de los vivos. Representa, antes bien, los usos y costumbres de unas formas culturales en avanzado estado de descomposición que, pese a todo, se resisten a morir. No es uno muy partidario de que se tomen medidas para su conservación óptima: no hay vitrina para exhibir ese cadáver y llegamos muy tarde para que le sea útil a la investigación médica. Probablemente Malraux nos haría notar que, en presencia de un zombi, no hay demasiadas opciones. Pero hay que ser francés o padecer el síndrome de Tourette para hablar tan claro. No es costumbre que el mundillo cultural español se exprese con tanta crudeza.

[Publicado en El Cuaderno: Mensual de cultura, número 68, mayo de 2015.]


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O César o nada

7 Xunu, 2015

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La centralidad del tablero explicada a un socialista

31 Mayu, 2015

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Mieu escénicu

26 Mayu, 2015

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Podemos, tú antes molabas

20 Mayu, 2015

Se diría que el último año ha durado veinticuatro meses. Nada es lo que era hace un año, y sorprendentemente ha aumentado el número de personas que desearían que todo volviera a ser como hace un año. La culpa es, cómo no, de Podemos. Añoran los palmeros del PP aquella época, no tan lejana, en que no tenían que esconder su logotipo en la propaganda electoral. Los turiferarios del PSOE añoran los buenos tiempos en que su intención de voto caía en picado pero no tenían que esforzarse en parecer lo que no son. En Izquierda Unida hay quien añora la época en que sus dirigentes no se vapuleaban en público, pero para eso hay que remontarse a 1986 y en aquel entonces, doy fe, Podemos no existía. Salvo de esto último, Podemos es responsable de todos los males recientes de la política española. Ojalá no hubiera aparecido nunca.

Se da también un género de añoranza que busca en Podemos lo que hace un año, más o menos, se imaginó que Podemos era o podía ser. Y por supuesto no faltan quienes añoran ese verano del amor en que Podemos, sin candidatos, ni programa, ni convocatorias electorales, rozaba la mayoría absoluta en todos los sondeos.

Hasta aquí, la vox populi. Que en buena medida sigue siendo, al igual que hace un año, lo que los medios difunden y las encuestas cuantifican, aunque siga sin estar claro cuáles son las fuentes de unos y de otras. Un siniestro guión, con su chispa de ingenio, que está influyendo sin duda en la opinión pública, pero que no puede tomarse como instantánea de un momento histórico. Los poderes fácticos han tardado en reaccionar, pero lo han hecho, y se han esmerado en seguir estrictamente los consejos de la Escuela de las Américas en cuestiones de contrapropaganda. No tiene mucho sentido replicar, salvo que uno sea propietario de un periódico, y ni siquiera: aquellos que se acercaron a Podemos atraídos por el dulce aroma del éxito, o por el lenguaje altisonante en materia de castas, volverán a hacerlo el próximo 25 de mayo si Podemos obtiene un buen resultado este domingo, y de lo contrario pasarán a engrosar las filas del desencanto militante, solo que con un nuevo partido que añadir a los de siempre. Podrá sonar despectivo, incluso a alguien le parecerá contraintuitivo, pero el éxito a cualquier precio no es un objetivo legítimo en política: los cambios políticos se apoyan en cambios sociales, y si no hay una base social que los sustente, los primeros serán tan duraderos como un castillo de arena.

Poco a poco iremos viendo cuánto hay de arena y cuánto de cemento en la base social de Podemos, pero es pronto para hacerse una idea. Y lo es porque se dan en estos momentos tres factores que, combinados, no permiten diagnosticar cómo estamos: 1) la contraofensiva mediática, 2) lo reciente (y complejo) de los procesos de organización interna de Podemos, y 3) lo vertiginoso (y no menos complejo) de los procesos electorales en marcha. Hacer conjeturas en esas circunstancias es perder el tiempo.

No es perder el tiempo, en cambio, contribuir a que la burbuja explote de una vez: reconocer que, efectivamente, Podemos está compuesto por personas, de hecho es el único partido, que yo sepa, donde no se ha reservado el derecho de admisión, y eso conlleva unos riesgos, el primero de ellos, y no el menos importante, ser una imagen fiel de la sociedad en que vivimos y de la gente que la compone. Podemos no nació para mejorar la naturaleza humana, ni para expedir certificados de pureza, y si nos ha defraudado darnos cuenta de que también entre nosotros hay gente mezquina, y si resulta que Podemos nos gustaba porque no conocíamos personalmente a Pablo Iglesias pero ya no nos gusta porque sí conocemos en persona al secretario general de nuestra localidad y es un perfecto gilipollas, lo que estamos haciendo entonces es aplaudir lo que ya había, a saber: una partitocracia separada de la gente corriente por una muralla de asesores de imagen.

Bajar de esa nube de efervescencia emocional será, entonces, hacerlo con todas las consecuencias, y asumir que no éramos más puros hace un año, cuando no habíamos traicionado ningún ideal evanescente ni habíamos conseguido que el tonto del pueblo acaudillara una CUP. Será asumir que hace un año ni el PP ni el PSOE estaban dispuestos a ceder un milímetro en su plan de invasión del bolsillo ajeno y que no dudarán en recuperar el terreno perdido a poco que perciban la menor flaqueza. Será, en fin, no dar por sentado que en las catacumbas vivíamos mejor, porque estábamos a dos telediarios de que nos desahuciaran también de las catacumbas.

Tengo cuarenta y cinco años. Nunca antes había visto a las elites de este país comportarse de la forma en que lo están haciendo: con vileza, con torpeza, con miedo. Nunca había asistido a un espectáculo tan bochornoso como el que están dando los beneficiarios del régimen, sabedores de que, esta vez, no habrá pactos en restaurantes de lujo que garanticen sus puestos de trabajo. No es la primera vez que me miran con la agresividad de quien, sin dudarlo, me pegaría un tiro, pero sí que es la primera vez que detrás de esa mirada se oculta la certeza de que no habrá balas suficientes.

En la novela Jonathan Strange y el señor Norrell, John Segundus hace una pregunta: desea saber “por qué los magos modernos no eran capaces de practicar la magia que describían”. Es la misma pregunta que muchas personas llevábamos años haciéndonos, solo que referida, no a la magia en sí misma, sino a la política entendida como arma de construcción masiva, no como postureo de almas bellas instaladas en la marginalidad de lo simbólico. Lo que a muchos nos atrajo de Podemos fue que por fin era posible hacer magia. No importa que por el camino hayamos descubierto algunas verdades sobre el comportamiento humano. Nuestra responsabilidad no es hacia los errores del pasado, sino frente a los terrores del futuro. Toca ejercerla sabiendo que el momento es ahora.


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¿Por qué votamos lo que votamos?

18 Mayu, 2015

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Tabiques de papel

10 Mayu, 2015

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Las razones de Monedero

3 Mayu, 2015

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La multipropiedá yera esto

26 Abril, 2015

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Química popular

19 Abril, 2015

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Derecha de punta fina

13 Abril, 2015

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Deseo de ser Steve McQueen

6 Abril, 2015

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Museos pa les Cuenques

30 Marzu, 2015

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Ciudadano Montoro

22 Marzu, 2015

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Podemos hacerlo mejor

18 Marzu, 2015

marcha cambioHace un año, los recién nacidos círculos de Podemos avalaban a sus candidatos para las primarias a las elecciones europeas. Parece que ha pasado un siglo y, lo que es peor, parece que nos hemos pasado ese siglo celebrando primarias. Corremos el riesgo de cambiar un grito de protesta por un grito primario. El “no nos representan” podría convertirse fácilmente en la utopía de una ciudadanía autorrepresentada que solo se reconocerá en el espejo a condición de que el eje de simetría no distinga la derecha de la izquierda. A duras penas nos da tiempo a respirar.

Las prisas no son buenas consejeras. El refranero popular, tampoco. De hecho, en ocasiones la importancia de una decisión es función directa de su carácter de urgencia: cuando el artificiero duda entre cortar el cable rojo o el azul, no cabe pedir más tiempo, puesto que, con suficiente tiempo, cualquiera echaría a correr y no sería necesario cortar ningún cable. Así las cosas, uno no puede escudarse en las prisas para justificar sus errores. Si cortas el cable equivocado, no hay DAFO que recomponga los trozos.

Podemos ha demostrado que en muy poco tiempo se pueden hacer grandes cosas. Aquellas primeras primarias, ciertamente, olían bien. Si salían mal, ningún órgano vital se vería afectado. Al igual que pasaría después con las elecciones europeas, lo novedoso del experimento era lo que lo hacía atractivo: cualquier partido político que pasase después por unas primarias, lo haría a la sombra de Podemos, y la calidad democrática de esos procesos selectivos se mediría siempre por su semejanza con aquellas primarias de Podemos. Ni IU ni el PSOE podían remontar ese marcador.

Pero Podemos no podía ser ajeno a ese altímetro participativo: cada movimiento suyo también sería comparado con aquellas primarias lustrales y no hacía falta ser adivino para darse cuenta de que siempre saldríamos perdiendo en cada comparación. Hubo turbulencias cuando Pablo Iglesias nombró a aquel equipo técnico que organizaría la asamblea constituyente del partido, y hubo también tensiones cuando se optó por elegir a los integrantes de su consejo ciudadano mediante un sistema de listas que, sí, eran abiertas, pero eran listas. El mismo procedimiento se siguió para elegir a los órganos internos a nivel local y a nivel autonómico, y el mismo, o similar, se ha seguido ahora para configurar las candidaturas a las elecciones autonómicas, primero en Andalucía y a continuación en todas aquellas comunidades donde las habrá el próximo mes de mayo.

Estos procesos generan fricciones. Es lógico. En primer lugar, Podemos depende en gran medida de la proyección mediática de un grupo de personas a las que se pone en situación de decidir quiénes son elegibles, a pesar de que esa condición se le presuponga formalmente a todo el mundo. En segundo lugar, la competencia entre equipos fuerza el alineamiento y la confrontación entre grupos de afines, lo cual no es preocupante porque divida, sino porque une: reconduce la diversidad inicial y la distribuye en bloques. En tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, a las inevitables frustraciones personales hay que añadir un nuevo elemento desmovilizador: si en aquellas primarias de hace un año cualquier persona podía sentirse representada puesto que, como un espejo, lo que devolvía aquella imagen era la multiplicidad de una sociedad disconforme con etiquetas y categorías predefinidas, en cambio ahora la formación de equipos ha llevado forzosamente a la creación de retratos de grupo mucho más homogéneos y donde, por tanto, más difícil se hace el reconocimiento inmediato de uno mismo. Si a todo esto añadimos el efecto amplificador de las redes sociales, fundamentales en el modus operandi de Podemos, nos dan los idus de marzo de 2015 con varios errores en el sistema de archivos.

Por si esto fuera poco, todos estos movimientos internos tienen lugar en medio de una fuerte marejada: como era de prever, quienes se sienten más amenazados por el avance de Podemos han empezado a movilizarse, y no hay día que no venga acompañado de ráfagas de metralleta mediática. El cierre de filas, inevitable, no ayuda a combatir la campaña de desprestigio, y es muy probable que estemos contribuyendo a hacerla más intensa y más extensa: Monedero no es Bárcenas, pero tampoco es el subcomandante Marcos, por muchos memes épicos que fabriquemos. Tampoco tiene por qué serlo, y de hecho parte de la gracia de Podemos radica en haberse alejado de un imaginario izquierdista en descomposición. Pero hay margen para soltar lastre sin perder el control del globo, y a estas alturas de la travesía convendría haber aprendido a identificar aquella parte de la carga que no se puede dejar caer salvo que el objetivo sea flotar indefinidamente en la estratosfera.

Podemos hacer las cosas mucho mejor. Para empezar, podríamos despejar cualquier duda sobre el carácter humano de este y de todo proyecto político. Aunque no es inevitable que Podemos llegue a buen puerto, a veces tiene uno la sensación de que nos hemos abandonado a una especie de determinismo fantástico, como si en algún lugar estuviese escrito que tuviéramos que ganar. No lo está, y no solo por causas exógenas: una estrategia brillante puede dejar de serlo en cuanto deja de ser flexible. De un modo análogo, extirpar la confrontación programática por temor a alejarse de la “centralidad del tablero” puede ser útil en momentos de agitación civil extrema, pero es peligroso si conduce a anular la discrepancia, especialmente cuando el dogma es más cosmético que ideológico. En otras palabras, cuanto más se baje el listón de las aspiraciones políticas, más fácil será que otras formaciones lleguen a él y lo sobrepasen.

Utilizo esa primera persona del plural no solo porque sería insultante por mi parte el fingir a estas alturas que observo imparcialmente un proceso en el que no he tomado partido: me presento a las primarias para la candidatura autonómica asturiana, de modo que no pretendo situarme ni al margen ni por encima de algo que últimamente, más que definirme, me estigmatiza. Creo, además, que es conveniente insistir en que nada nos caerá del cielo, ni el cielo mismo: con todas nuestras mezquindades, nos toca impugnar el previsible argumento de que Podemos defraudará porque no se puede cambiar la naturaleza humana. Claro que se puede; lo que no se puede cambiar son las leyes de la termodinámica, y es termodinámicamente cierto que todo sistema tiende al desorden y que la organización de un conjunto requiere un gasto de energía proporcional a la entropía que se pretende corregir. Habría sido un error confiar en la asamblea interminable como método de intervención democrática, pero no sería menos grave creer que todo Podemos cabe en un puñado de estructuras orgánicas. Eso sirve para los partidos con redes clientelares, no para un instrumento cuya función es disolver esas redes.

Cierto, todo va muy rápido, hay prisas de muy diverso género que se llevan por delante buenas dosis de sentido común, y sabemos que muchas malas decisiones no se habrían tomado si hubiese habido tiempo, más tiempo, para la reflexión. Pero esa no es razón para seguir cortando los cables equivocados.

Podemos (sabemos) hacerlo mejor. Toca apostar por quererlo.


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