La radio interior

Subscribe to La radio interior feed La radio interior
Blog de Xandru Fernández
Updated: fae 3 hores 53 min

De los deberes (y III)

24 Payares, 2016

La gran diversidad de situaciones laborales, familiares, emocionales, culturales, que caracteriza a nuestra sociedad (y a cualquier sociedad del capitalismo avanzado) es fácil de observar en cualquier centro educativo, casi en cualquier ciudad o pueblo, casi en cualquier barrio o distrito. Sin embargo, la tendencia a la uniformización de hábitos escolares sigue siendo la norma.

Los deberes forman parte de esos hábitos. No estamos hablando, por lo general, de tareas individualizadas, pensadas para adaptarse al estilo de trabajo del alumno, a su situación familiar o social, a su nivel adquisitivo. Estamos hablando de tareas del tipo “ejercicios del libro de Matemáticas, página 38, del 14 al 19, y que no se os olvide copiar los enunciados”. Esto es prudente y hasta necesario señalarlo: no conozco a ningún padre ni a ninguna madre que crea que los deberes escolares deban desaparecer por completo (al menos, no conozco a ninguno que lo piense y lo diga y, además, apoye algo tan socialmente mal visto como una huelga de deberes). Lo que se ha generalizado últimamente es la resistencia a una carga de trabajo excesiva, incompatible con los horarios de las familias, centrada en tareas de carácter mecánico y muy difícil de compatibilizar con otras actividades, como la lectura o el deporte, cuya importancia para el desarrollo intelectual de los alumnos es difícil de discutir. Y es una resistencia que irá a más, que no puede disminuir por mucho que nos enfademos y hagamos debates en televisión, porque quien tiene la sartén por el mango no son ni las familias ni los profesores, sino las empresas y la administración educativa.

IKEA abre hasta las diez de la noche. No es el único establecimiento que tiene esos horarios, ni mucho menos. Los empleados de esas empresas son, a menudo, padres y madres de alumnos. Ni IKEA ni Alimerka van a modificar los horarios de sus empleados para que estos tengan tiempo de ayudar a sus hijos e hijas con los deberes. Salvo que se les obligue a hacerlo por ley, cosa que tampoco va a ocurrir a corto plazo, ya que los empleados de IKEA y Alimerka no son precisamente la prioridad de nuestros parlamentarios: no son clase media. Con todo, incluso sectores que tienen reconocido el derecho a la conciliación de la vida laboral y familiar (el profesorado de la enseñanza pública, por ejemplo) están acostumbrados a que ese derecho, en la práctica, no se respete.

¿Se ha preguntado usted alguna vez, mientras espera en la cola del supermercado a las siete de la tarde, dónde están los hijos o las hijas de esa cajera, de ese reponedor, de esa carnicera que le acaba de trocear las costillas de cordero? Es un enigma, ¿verdad? En cualquier caso, no debe de ser un problema muy acuciante, porque no sale en televisión. Lo que sale en televisión es un debate entre dos hombres (profesores) y dos mujeres (madres de alumnos: el sesgo de género, de nuevo, está solo en las calenturientas mentes de las disparatadas feministas) sobre una huelga de deberes que, sin ánimo de ofender, huele a clase media desde kilómetros de distancia. Por eso no es de extrañar que la iniciativa de Ciudadanos en la Asamblea de Madrid para instar al gobierno a regular los deberes escolares contara con el voto favorable del PSOE y Podemos y, en cambio, solo con la abstención del PP. Son las clases medias las que se ven obligadas a compatibilizar unos horarios cada vez más intrusivos, y unas condiciones laborales cada vez más indignas, con la necesidad de obtener rendimiento de sus titulaciones académicas y con la creencia en la eficacia de la educación para promover el ascenso social y el éxito económico.

Y en esto las clases medias no hacen sino cumplir a rajatabla los principios proclamados por la LOMCE, y por sus predecesoras, como fundamentos de derecho y de presunto sentido común: el individuo es el responsable del éxito o el fracaso, el esfuerzo del alumno es lo que debe promoverse y premiarse, el sacrificio individual es lo que garantiza futuros logros sociales y económicos. Ese es el êthos del sistema educativo: una educación planificada para fomentar la competitividad y la evaluación cuantitativa de los progresos personales.

Contra lo que se ha repetido hasta la saciedad estos días, los padres y las madres que han apoyado esta huelga de deberes no están reivindicando el dolce far niente y las delicias del spa frente a los rigores del esfuerzo personal y el sacrificio del tiempo de ocio. Al contrario: tan imbuidos están de esa creencia en la soberanía individual, que se resisten a aceptar constricciones no solo temporales sino también intelectuales. Quieren que sus hijos e hijas saquen las mejores calificaciones, por eso les molestan los deberes, porque no están dispuestos a que vayan a clase con los deberes sin hacer y el profesor les baje la nota. Quieren que sus hijos e hijas aprendan inglés, por eso les indigna que tengan que perder el tiempo coloreando un reno para la clase de science. En definitiva, quieren que la escuela se parezca a lo que proclaman las leyes educativas.

Algunas voces críticas con la LOMCE, y con la LOGSE, y con cualquier legislación educativa posterior a la Ley Moyano, insisten en que el sistema educativo está fallando por culpa de las “nuevas pedagogías”. Detectan en el enfoque psicologista que instauró la LOGSE un desprecio latente hacia el conocimiento en beneficio de prácticas individualistas, de esas que buscan reforzar la autoestima del alumno, su “felicidad”, la motivación como motor del estudio. Les molesta que los alumnos ya no aprendan matemáticas sino que aprendan a aprender.

Estoy de acuerdo con ellos hasta cierto punto, por lo mismo por lo que estoy en desacuerdo con Sánchez-Dragó cuando defiende la desaparición de la sanidad pública: del mismo modo que la esperanza de vida de las sociedades tecnológicamente avanzadas no puede sostenerse sin un buen sistema público de salud, digan lo que digan los anarcoliberales y sus martingalas homeopáticas, tampoco hay felicidad individual que pueda construirse en una sociedad sin episteme, y no hay sociedad capaz de proporcionar mayores cotas de felicidad personal que la que está fundada en la episteme moderna, occidental, de origen clásico. En ese sentido, hay ciertos planteamientos conservadores que me parecen sumamente acertados: necesitamos especialistas que sostengan el rigor intelectual, la investigación científica, la racionalidad filosófica, y eso no es posible si la escuela no contribuye a la formación temprana de talentos. En lo que discrepo es en la lectura utópica que los conservadores hacen de esta situación: la transmisión del conocimiento siempre ha sido un asunto secundario en el sistema educativo, al menos desde que existen sistemas educativos propiamente hablando, esto es, desde la generalización de la enseñanza básica. De hecho, las quejas de este tipo proceden casi siempre de sectores dependientes del código elaborado que se transmitía en la Secundaria y que funcionaba hasta no hace mucho como marca de clase y llave de acceso a posibilidades laborales que a la mayoría le estaban vedadas. Puesto que el código elaborado ya no es garantía de que uno vaya a gozar de un puesto de trabajo conforme a sus expectativas, ha dejado de ser imprescindible socialmente, así que dejemos ya de lamentarnos por que los alumnos de Secundaria aprendan poca química o ningún latín: ni la química ni el latín van a impedir que su destino laboral inmediato sea la moto de TelePizza.

No obstante, los cambios en el mercado de trabajo han afectado de un modo muy agudo a la elaboración del código restringido, esto es, al conjunto de destrezas y hábitos más básicos en que se forma a los alumnos de Primaria y, desde la ampliación de la escolaridad obligatoria hasta los dieciséis años, también de Secundaria. Ahí es donde el mercado ha introducido exigencias que chocan con componentes tradicionales del sistema educativo y que hacen que todo esto pueda tener un final no muy feliz.

Veamos dos situaciones concretas, “basadas en hechos reales”. La semana pasada acordé con mis alumnos que hicieran una investigación sobre la pobreza energética. Lo primero que hicieron fue diseñar un PowerPoint. Ni se tomaron la molestia de preguntar qué es la pobreza energética. Y no es que se desentendieran por maldad o porque pertenezcan a una generación menos motivada que la mía, cosa difícil de imaginar, sino porque, a lo largo de su trayectoria escolar, han interiorizado perfectamente qué es lo que el profesorado valora en última instancia, con independencia de que sepan más o menos sobre raíces cuadradas o pobreza energética: la presentación en PowerPoint. Mi hija domina esa destreza desde que tenía nueve años.

La segunda situación se produjo también la semana pasada. En una cafetería de un barrio pijo de mi ciudad, tres chicas de unos veinticinco años mantenían una conversación sobre negocios. Sí, negocios: dos de ellas querían emprender un negocio, y la tercera, a la que se veía algo más experimentada, las estaba asesorando. El negocio, cómo no, tenía que ver con organizar “eventos”, y la experta les explicaba complejos detalles sobre las “líneas de negocio”, la “logística de servicios”, la “identidad gráfica”, el “valor agregado” y el “social product development”, sin que le temblara la voz ni dijera una sola vez “jo”, “o sea”, “tía”, “ya sabes” o “no sé qué, no sé cuánto”.

Lo que estas dos situaciones tienen en común, a mi juicio, es que la primera revela en qué consiste en la actualidad el código restringido que la escuela generaliza, mientras que la segunda pone de manifiesto algunos rasgos del código elaborado de las nuevas clases medias. Es sencillo comprobar qué incidencia pueden tener los deberes escolares en la adquisición de cualquiera de ellos o, al menos, de estas destrezas concretas.

El valor del conocimiento que tanto añoran los conservadores no va a volver por muchas pestes que digamos de las “pedagogías permisivas”. Su devaluación tampoco tiene mucho que ver con la democratización de la enseñanza o con el multiculturalismo. Cuando Enger Enkvist se despacha contra las reformas socialdemócratas del sistema educativo tiende a olvidar (igual que muchos de mis compañeros de profesión, en especial los que proceden, como yo, de familias de clase trabajadora) que ella misma es un producto de esas reformas, y que no es la relajación de la disciplina en los centros escolares, ni el número de “objetores escolares” o alumnos inmigrantes, lo que pone en entredicho el valor del conocimiento entendido como código elaborado de la sociedad burguesa tradicional, sino los cambios tecnológicos, económicos y políticos que repercuten en la escuela y la fuerzan a adaptarse a una situación que no por indeseable deja de ser determinante.

Mientras tanto, algunos profesores seguirán intentando ponerle puertas al campo y otros, en cambio, tratarán de adaptarse a los nuevos hábitos de las clases medias, con la mejor de las intenciones, unos y otros, pero sin dejar por ello de servir a una concepción hipostasiada del individuo como si en nuestras aulas las clases sociales no existieran. Las clases medias seguirán percibiendo en los deberes de sus hijos e hijas un obstáculo para la formación y el éxito social de esos hijos y esas hijas, mientras las clases trabajadoras seguirán nutriendo las estadísticas de abandono escolar. Los partidos políticos seguirán insistiendo en la necesidad de un pacto educativo pero, conscientes de que ese pacto ya existe y lo han firmado en el despacho de la CEOE, seguirán intentando convencernos de que hay diferencias de fondo, y no de matiz, entre sus respectivas concepciones de la educación. Los centros educativos seguirán teniendo horarios rígidos, de asignatura por sesión, de posición sedente y mirar a la pizarra (aunque esta sea digital), hasta que un día, al levantarnos, caigamos en la cuenta de que la desescolarización ya está en marcha y la van ganando, como siempre, los de siempre.


Categoríes: Canal Blogues

De los deberes (II)

23 Payares, 2016

No se subraya lo suficiente que, en España, desde la suspensión del servicio militar obligatorio, la única obligación jurídica constrictiva del tiempo es la escuela. Del tiempo del que uno dispone y con el que uno negocia en el mercado de trabajo. En un marco de economía de mercado, ninguna institución estatal que constriña el tiempo está destinada a perdurar, salvo que sea absolutamente funcional, como lo fue el ejército durante décadas. Si el sistema educativo se ha salvado de la poda, es solo porque viene revestido de una funcionalidad a prueba de bomba: la reproducción simbólica de la sociedad, por utilizar la célebre expresión de Bourdieu y Passeron: la escuela como institución donde uno aprehende la estructura de las relaciones entre clases sociales, donde la acepta, se habitúa a ella y adquiere los elementos discursivos de los que depende su legitimación. A esta función fundamental se añade otra, secundaria, a saber, la transmisión de unos saberes cuyo peso y preponderancia varían con el paso del tiempo.

Así, cuando algunos profesores se quejan de haber perdido autoridad, esa queja hay que tomarla como lo que es: una señal. Nos quejamos cuando algo nos duele, y nos duele algo cuando nuestra salud no es óptima. Los profesores que ven como algo negativo esa pérdida de autoridad sobre sus alumnos, no están lamentándose de un deterioro de su calidad de vida, o no solo, sino que alertan de la pérdida de fundamento de la institución a la que pertenecen.

Si la educación es el último bastión constrictivo del Estado, no es absurdo preguntarse si estos “ataques” a la autoridad educativa no estarán enmascarando el último envite del mercado contra las constricciones heredadas. Así fue como el servicio militar dejó de ser obligatorio: cierto que fue determinante la resistencia de miles de jóvenes insumisos, pero también es cierto que esa constricción limitaba considerablemente el desarrollo de las fuerzas productivas en la sociedad española de finales del siglo XX. ¿Eran compatibles el desarrollo de la libre empresa, la flexibilización de los horarios laborales, el fomento de la formación continua, la inoculación de espíritu emprendedor y todas las demás zarandajas liberales, con la costumbre de tener a miles de reclutas perdiendo nueve meses de su vida sin hacer nada productivo? Por supuesto que no lo eran.

Ahora bien, quien está en condiciones de deslegitimar una institución tan venerable como la escuela no es, ni puede serlo, el conjunto de los estudiantes, por la sencilla razón de que estos, al contrario que los insumisos al servicio militar, carecen de los instrumentos de presión para hacerlo. Para empezar, los estudiantes siempre han puesto en cuestión la legitimidad de la escuela: es consustancial a su posición en el juego educativo, y en ocasiones ese cuestionamiento también es funcional: lejos de preocuparse, las autoridades educativas acostumbran a tomarse bastante a la ligera el abandono escolar cuando quienes lo practican son las clases trabajadoras, precisamente aquellas donde tradicionalmente ha sido mayor esa resistencia a la autoridad educativa. Ninguna de las medidas adoptadas en las últimas décadas para reducir ese abandono ha surtido efecto: los alumnos más conflictivos (disruptivos, o sea) siguen siendo expulsados de los institutos, solo que ahora el procedimiento para hacerlo es más largo, más costoso, más legalista, pero igual de eficaz. Si las cifras de abandono escolar son actualmente menos escandalosas que hace unos años, eso es debido, en parte, a esa ingeniería burocrática que facilita el maquillaje de los datos, pero también, en buena medida, a que las clases trabajadoras han interiorizado la creencia generalizada en la movilidad social y en la utilidad de las titulaciones académicas, justo a la vez que las clases medias han empezado a darse cuenta de la devaluación de esas titulaciones y de que la movilidad social, en efecto, existe, pero solo hacia abajo.

Son las familias, y más concretamente las familias de clase media, quienes están en condiciones de servir de instancia deslegitimadora del sistema educativo. Por lo pronto, poseen motivos más que suficientes para hacerlo: los deberes son un buen ejemplo, pero no el único.

¿A quién molestan los deberes escolares? Ciertamente, no a los alumnos que no tienen la menor intención de hacerlos. No es ninguna novedad. Tampoco lo es que gran parte de los alumnos lleguen a clase con los deberes sin hacer. Cualquier profesor medianamente despierto puede constatar que, por lo general, los alumnos que traen los deberes sin hacer pertenecen a familias que no se preocupan por las tareas escolares o que no están en condiciones de supervisarlas: familias refractarias a la escuela o familias donde los horarios laborales impiden a los padres y a las madres ayudar a sus hijos e hijas con esas tareas. Hasta ahora, esa situación incidía en el rendimiento académico de los estudiantes: a menor apoyo familiar, menor rendimiento escolar, notas más bajas, probabilidades más altas de abandono temprano. Puesto que también se cumplía la correlación entre esas actitudes y la pertenencia a las clases trabajadoras, la situación que he descrito reforzaba la función selectiva de la escuela: los alumnos que pasaban a Secundaria con un desfase curricular significativo y cuyas probabilidades de terminar la Secundaria eran bastante reducidas, acabarían desempeñando una profesión no cualificada igual que sus padres.

Si he utilizado el pasado para referirme a esa situación no es porque esta no se siga dando, sino porque, mientras no cambió nada más, ni hubo huelgas de deberes ni las quejas del profesorado superaban los límites de lo admisible. Tengamos en cuenta que esas quejas no fueron socialmente significativas hasta que empezaron a provenir de los profesores de Secundaria: los maestros de Primaria se han quejado siempre, en general, de esa constante resistencia del alumnado y de las familias a aceptar la autoridad escolar, y si no se han quejado más, esto es, si esa resistencia no llegó nunca a unos niveles críticos, ello es debido a que se mantenía, hasta hace muy poco tiempo, la autoridad pedagógica que la legitimaba internamente. Para decirlo rápidamente, la mayoría de los padres y las madres de clase trabajadora, pero también de las clases medias, sabía menos que los maestros de sus hijos e hijas. Otra dificultad, añadida a las anteriores, para ayudar en casa con las tareas escolares: a partir de cuarto curso, la competencia de muchos padres y muchas madres no alcanzaba el nivel exigido por la escuela a sus alumnos, de ahí que estos tuvieran que arreglárselas solos, de ahí también que, ante una calificación, un examen, un trabajo escolar, las familias prefiriesen inhibirse frente a la actuación de los maestros, pues se les reconocía a estos una competencia científica de la que los padres y las madres carecían.

Esto ya no es así, en absoluto: los colegios están llenos de niños y niñas cuyos padres y madres poseen una titulación académica de nivel superior a la de los maestros. Sería ingenuo suponer que esto no iba a influir en la autoridad pedagógica. Cuanto más ascendemos en la pirámide social, más evidente es ese cambio social: acostumbrados a unas clases medias que, hasta no hace mucho, eran monolingües (o bilingües forzosas si su lengua materna era una lengua minorizada) y carecían de formación reglada en sus profesiones, no nos hemos dado cuenta de que, en la actualidad, no solo esas clases medias sino buena parte de las clases trabajadoras poseen unos conocimientos y dominan unas destrezas que capacitan a esos padres y a esas madres para juzgar la competencia de los maestros de sus hijos e hijas.

Houston, tenemos un problema.


Categoríes: Canal Blogues

De los deberes (I)

22 Payares, 2016

En mayo de 2013 se convocó la primera huelga conjunta de la comunidad educativa en España: no solo el profesorado y el alumnado la secundaron, sino también las familias, los padres y las madres. La experiencia se repitió en octubre de ese mismo año. A lo largo de 2013, 2014 y 2015, no solo los estudiantes y los docentes salieron a la calle contra la LOMCE y los recortes en educación, sino también, y muy especialmente, esos padres y esas madres de quienes constantemente se reclama una mayor implicación en la educación de sus hijos e hijas.

Pertenezco a un colectivo, el del profesorado de la enseñanza pública, cuya oposición a la LOMCE podría haber sido mucho más contundente y decidida. Se trata del mismo colectivo que ha visto cómo aumentaba su jornada laboral y se incrementaba su carga de trabajo a causa de los cambios introducidos por el gobierno del Partido Popular. Los estudiantes y sus familias no fueron a la huelga ni a parar el tráfico en las concentraciones de la Marea Verde por solidaridad con nosotros, o no solo por eso, sino para manifestar su rechazo a una ley que supone un desvarío absoluto y que no solo no mejorará la calidad de la enseñanza sino que la empeorará notablemente (de hecho, ya lo está haciendo), pero indirectamente también se protestaba contra el deterioro sufrido por las condiciones laborales del profesorado.

Hace unas semanas tuvo lugar la primera huelga de deberes en la historia de la educación española. De repente, parece que haya un enfrentamiento entre el profesorado y esas familias cuya implicación aplaudíamos en 2013 como un gran avance. ¿O tal vez no es así? ¿No estaremos otra vez dejándonos llevar por ese fetichismo de los conceptos que identifica y enfrenta colectivos sin ver en ellos fisura alguna, los profesores contra las familias, como totalidades en las que no cabe distinguir ni matices ni subconjuntos? Me temo que algo de eso hay: es más sencillo enfrentar si no se hacen distingos.

Me cuesta creer que un profesor que haya aplaudido la implicación de las familias en el rechazo a la LOMCE se sienta ahora agredido por que esas mismas familias le pidan que no ponga tantos deberes. A no ser que no se trate de las mismas familias o de los mismos profesores. Me temo que no podremos salir de dudas al respecto, aunque no es demasiado verosímil que los padres y las madres convocantes sean firmes partidarios de la LOMCE y las reválidas. No me siento autorizado a afirmar que los profesores más beligerantes con la huelga de deberes sean al mismo tiempo los más entusiastas de la nueva ley de educación, pero tampoco tengo razón alguna para pensar lo contrario.

Naturalmente, me baso en mi experiencia personal: yo agradecí en 2013 esa implicación de las familias y no me siento ahora, en 2016, agredido por una huelga de deberes que, por otra parte, como padre de una alumna de Primaria, me siento inclinado a apoyar.

Que esta huelga de deberes se produzca ahora, y no antes, tiene que tener una explicación, y no me vale el recurso a la relajación de las costumbres, ese que sale a la luz cada vez que queremos una explicación sencilla para una situación compleja, ya sea la caída del Imperio romano, la Reforma luterana o la Revolución francesa. Los más críticos con la iniciativa están más ocupados combatiendo las razones de los convocantes que analizando las causas de la convocatoria. Sin embargo, algunos de ellos han deslizado aquí y allá algún dato significativo para tratar de entender por qué ahora: precisamente el aumento de la carga laboral del profesorado, el cambio producido en los planes de estudios, la obligación de desarrollar unas programaciones didácticas que en ocasiones parecen diseñadas no tanto para instruir como para destruir vocaciones docentes y estudiantiles. Efectivamente, lo que antes no estaba y ahora sí es la dichosa LOMCE.

La LOMCE estresa al profesorado. No es de extrañar. Ya es más de extrañar que ese estrés no se vuelque en combatir su aplicación sino que se descargue aumentando las tareas de los alumnos. O sería de extrañar si el colectivo al que pertenezco se hubiera caracterizado por defender con uñas y dientes la calidad de la educación, pero no es el caso, y bien que lo siento: las huelgas del profesorado en España son algo ocasional, tímido y casi anecdótico, y dan una impresión objetiva de desencanto, sumisión y aceptación de cuantos cambios legislativos nos sean impuestos. En privado, e incluso en público, nos podemos pasar horas señalando la responsabilidad de los inspectores, de los equipos directivos, de las familias, de los estudiantes, de las leyes, pero casi nunca nos señalamos a nosotros mismos, los únicos de cuya conducta somos parte responsable.

Desde luego, la culpa no es de IKEA. Que el anuncio de esa compañía en que se demoniza las tareas escolares coincida en el tiempo con la primera huelga de deberes no debería distraernos: también IKEA lanzó hace unos años aquello de la “república independiente de mi casa” y nadie en su sano juicio acusaría a los suecos de estar alentando el Procés Constituent en Cataluña. Correlación no es causalidad.

Ni la campaña de IKEA obedece a ideales pedagógicos ni la huelga de deberes es la punta de lanza de la multinacional sueca contra el sistema educativo español. No obstante, en el anuncio de IKEA, cuyas tiendas están abiertas hasta las diez de la noche, están muchas de las claves que permiten entender la oportunidad de esta huelga y el debate subsiguiente. Permítaseme añadir un tercer ingrediente: se llama Sánchez-Dragó.

Sánchez-Dragó declaraba a la prensa un día de estos su oposición a la sanidad pública. “La sanidad pública no debería existir”, afirmó, confirmando las peores sospechas sobre su estabilidad mental. Allá Sánchez-Dragó con sus ilusiones anarcoinfantiloides sobre sus posibilidades de supervivencia en una sociedad a lo Mad Max (y sus deseos de que, encima, sus libros tengan lectores en ese escenario postapocalíptico). Lo sintomático, aquí, es ese individualismo al que una gran mayoría social se apunta en mayor o menor medida. Ese individualismo exacerbado e ingenuo constituye el marco de la discusión, no una de las partes enfrentadas, y eso es justamente lo más preocupante de todo este asunto: que tanto los defensores del derecho de las familias a tener tiempo libre como los paladines de la cultura del sacrificio y el esfuerzo hacen causa común a la hora de señalar al individuo soberano como sujeto y objeto de la educación. Aquí hay un problema, y no es de esos que se arreglan fácilmente.

Así que vayamos por partes.


Categoríes: Canal Blogues

Creo que mi vecino es Donald Trump

9 Payares, 2016

Hoy mi hija salió del colegio diciendo que, según sus compañeros de clase, iba a empezar la Tercera Guerra Mundial. No sé si debería conmoverme que la alarma por la victoria de Donald Trump haya llegado hasta una clase de sexto de Primaria, pero el caso es que me inquieta y me fascina a la vez: ¿cuánto tiempo han tenido esos niños para asimilar ese rumor? ¿Una hora y media, dos horas como mucho? Ha tenido que ser entre el momento de levantarse de la cama hasta el de pisar el patio del colegio a las nueve de la mañana. El canal, presumiblemente, la radio del coche o la conversación entre sus padres, tal vez la televisión mientras desayunaban. Pero no ha hecho falta más: ahí estaba, precocinada, la información del día, el canutazo que les ha hecho sentir que algo extraordinario acababa de ocurrir.

Vaya por delante que no me alegro en absoluto de la victoria de Trump. Objetivamente es una mala noticia. Pero tampoco es que me hubiese alegrado la victoria de Hillary Clinton: sencillamente, no me habría inquietado tanto, eso es todo: Clinton representa la permanencia, la continuidad no respecto a las políticas de Barack Obama sino con relación a lo que uno espera de los juegos del poder en los Estados Unidos. “Ha ganado Wall Street”, diríamos, maquillando de indignación lo que no sería sino alivio, y no faltaría quien se jactara de haberlo previsto, habida cuenta de que el establishment lo tiene todo atado y bien atado. En cambio, con Trump ha ganado la incertidumbre, y por eso a esos niños, y a los adultos de los que sacan sus impresiones sobre política internacional, les da la sensación de que todo es posible, hasta una Tercera Guerra Mundial. El diario El País lo recogía así en su edición digital: “Trump, un populista con un discurso xenófobo y antisistema, rompe los pronósticos de los sondeos y logra una victoria que aboca a su país a lo desconocido”.

No solo El País ha vendido la especie de que Trump representa el triunfo del populismo, de la América profunda, de la xenofobia estructural de una gran parte de la clase trabajadora norteamericana. Pero el próximo presidente de los Estados Unidos no es ningún granjero de Tennessee que destila whisky en un alambique clandestino mientras su hermana mayor y a la vez segunda esposa da a luz a su sexto hijo deficiente en un rincón de la pocilga. Donald Trump es un neoyorquino cuya fortuna asciende, según la revista Forbes, a 4.100 millones de dólares, esto es, está mucho más cerca de parecerse a Clinton que al honrado Cletus de Los Simpson. No es posible que cuando incidimos en su condición de “antisistema” nos estemos refiriendo al sistema capitalista o al de libre mercado, antes acertaríamos si nos refiriéramos al sistema métrico decimal.

Naturalmente, el sistema que supuestamente pone en jaque Donald Trump se sitúa en el orden del discurso y no en el de la distribución de la riqueza. Ahí radica la principal semejanza de fenómenos como el suyo con el fascismo histórico, en su condición de antagonistas de lo que resulta aceptable desde las convenciones de las democracias representativas. Más allá de esto, las semejanzas se desdibujan, por más que, a fuerza de manejar una noción débil de “fascismo”, tendamos a meter en ese saco a cualquier personaje u opción política con tintes autoritarios.

Es más que probable que el futuro nos acabe juzgando con dureza por no haber opuesto más resistencia a Donald Trump (o a Manuel Valls), pero si queremos que ese juicio no sea todavía más lapidario haríamos bien en replantearnos las dimensiones de las catástrofes y en empezar a dirigir nuestras reacciones conforme a hechos probados y no en función de las alharacas de los grupos empresariales de opinión. Convendría analizar a quién beneficia que la única alternativa a Trump en estos comicios fuese una candidata que, para empezar, se ganó su nominación haciendo trampas y cuyas ideas (y prácticas, pues no en vano ha formado parte de varias administraciones en los últimos años) no distan tanto de las del candidato ganador.

Los europeos hemos sobrevivido a Boris Yeltsin, a Silvio Berlusconi y (de momento) a Vladimir Putin. No es imposible que Trump haga saltar la casa por los aires, pero que sea él quien lo haga, y no haya sido uno de los citados, tiene más que ver con la suerte que con la racionalidad o la oportunidad. Mientras eso ocurre, recordemos que si entre Europa y África no hemos construido un muro es solo porque la Naturaleza ha dispuesto todo un Mar Mediterráneo que se cobra cerca de 4.000 víctimas mortales al año y que, para los que sobreviven al mar, España dispone de varios Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs) que son periódicamente objeto de denuncias por parte de organismos internacionales. Ninguno de esos hechos probados ha servido para sensibilizar al electorado español contra los partidos políticos y los candidatos que defienden esas prácticas. Tengámoslo en cuenta la próxima vez que acusemos a Cletus de algo.


Categoríes: Canal Blogues

La Fundición: una antología personal

1 Payares, 2016

Los dominios de la extinta Fundición Príncipe de Astucias han vuelto al limbo y, con ellos, cientos de horas de trabajo y cachondeo. No me apetece esperar a ninguna efeméride para rescatar aquí algunas piezas que a mi juicio están entre lo mejor de lo que hicimos/hicieron entre 2012 y 2015. Recojo muestras de Alejandro Nafría, Juan Carlos Gea, Gallota, Silvia Cosio, Nacho Quesada, Goyo Rodríguez, Jandro Llaneza, Rubén Megido, Toño Velasco, Javi Guerrero, Ruma Barbero, Emiliano Alonso, Alberto Pieruz, Álvaro Noguera, Milio Loquemefaltaba, y otras con guión de Boni Pérez, Aitana Castaño, Enrique del Teso o de un servidor. Por si se nos olvida lo mucho que nos dio Rajoy (aunque no se nos olvidará fácilmente: ahí sigue).

Gallota-Genova-Barcenas.jpg

al-unisono-by-ruben-megido

Gallota-ETA-Amaral.jpg

cosio-jupiter-portugal

gallota-infanta-follas-poco

silencio

abdicacion

Llevamoslodientro.jpg

538005_10200408311583305_513783222_n

10296835_513602238765193_1539452170989700577_n

vientreeta-copy

Fábula.jpg

Walk-15M.jpg

loquemefaltaba-keep-calm

Quesada-Princesa-Rebelde.jpg

10320406_634096893346970_3389118087128596431_n.jpg

gea-wert-vomito

Fin-de-curso.jpg

minerc3ada.jpg

hay-que-ver-by-boni-gallota

marca-espana1

culombro.jpg

Cosio-Marea-Blanca.jpg

Mendigos-Limosna-Oviedo-1024x877.jpg

pasion

Guerrero-La-Roja-Hitler.jpg

Nafria-Ladron-Bicicletas-Champions.jpg

533628_10200875951449667_135577830_n.jpg

Gea-Te-callas-Ludwig.jpeg

Xandru-ERE-El-Pais.jpg

harry15m

spanishelectric

pieruz-ovni-stop-desahucios

ola

Del-Teso-Investigar-a-Pujol.jpg

gobernar-es-repartir-dolor

grancoalicion.jpg

Noguera-Muerte-Exhibicion.jpg

Llaneza-Economia-Sumergida1.jpg

desahucio

paralelos

meencanta

megido-espana-gay-2046


Categoríes: Canal Blogues

Cambio de hora

30 Ochobre, 2016

No tengo el día. Mariano Rajoy vuelve a ser presidente del gobierno español, ya no en funciones, aunque eso qué más da, si después de todo su prioridad más inmediata es irse de puente. El PSOE, aquel partido que cacareaba hace unos meses su insobornable identidad de izquierdas frente a la indefinición de Podemos, ha entregado a Rajoy no solo el gobierno de España sino también la cabeza de su propio secretario general y aspirante a presidente y, de regalo, una profesión de inconstitucionalidad en la persona de Adriana Lastra, quien ha afirmado abstenerse “por imperativo”. Y encima nos cambian la hora. Quién necesita Halloween.

Así que no me hagan mucho caso si les confieso que no me gusta un pelo el estilo de Gabriel Rufián. Ayer en el Congreso volvió a sacar su copichuela de Anís del Mono y, otra vez, caca, culo, pedo, mientras el chulo alfa de Eduardo Madina hacía ademán de levantarse de su escaño para darle dos hostias. Madina es un chulillo old style, todo amagar y ladrar cuando lo arropa la cuadrilla, pero Rufián tiene un problema más serio, porque es nuestro chulillo y nuestro problema, el del rojo que no tiene ni media hostia y pretende igualar fuerzas con su contrincante a base de ponerse épico y (contradictio in terminis) sincero. Ni puto caso le hicieron los que a partir del miércoles van a seguir cortando y recortando el bacalao. Hasta Rajoy puso cara de alivio, después de haberse pasado todo el discurso de Pablo Iglesias con cara de que quién me mandaría a mí venir al Congreso con un paraguas metido por el culo.

¿Es esto lo que toca? ¿Meterse con el bolchevismo mentolado de Rufián cuando por esa cámara ayer desfilaron dos Hernandos dos, sosteniendo el palio de un Rajoy que sale triunfante una vez más sin haberse tomado la molestia de enterarse de que se estaba rifando algo? Lo grave no es Rufián, ni mucho menos. Es solo que Rufián hace patente lo que menos necesita uno en vísperas de una batalla, a saber, darse cuenta de que la munición es de fogueo.

Lo rufianesco es un síntoma. Síntoma de debilidad y de inconsciencia de esa debilidad. No es la retórica del que no tiene nada que perder, sino la del que no tiene nada que ganar porque ha asumido que su sitio en el mundo es justo ese: cinco minutos de gloria o desahogo, ganarse el aplauso de los colegas, hacer ambas cosas con cara de trascendencia, como si el carril de aceleración de la Historia pasara por mi cuarto de baño. Si lo de ayer hubiese sido en OK Corral, Rufián habría sido el primero en caer de cabeza en el pilón del patio, con tres tiros por la espalda y sin que nadie se hubiera tomado la molestia de apuntarle.

Le dan el Nobel de Literatura a Bob Dylan y a Gabriel Rufián le darán el del político más irrelevante de la actual legislatura. Lo celebraremos. Nos pasaremos el resto de la legislatura dándonos palmadas en la espalda por lo bien que lo hizo Rufián y la cara que se les quedó a los intelectuales cuando le dieron el Nobel a Dylan, haremos porras a ver quién acierta cuánto tiempo de vida le queda al PSOE y sacaremos pecho cada vez que los diputados de Podemos abandonen el hemiciclo porque les pica el niqui. Todo bien, pero nos acaban de secuestrar el Congreso de los Diputados y parece que hayamos perdido el festival de Eurovisión.

Se me pasará. Mañana ya estaré bien y les diré que Dylan se merece el Nobel, Stoner es una gran novela y Rufián un orador de primera. Y que Oceanía siempre ha estado en guerra con Eurasia.


Categoríes: Canal Blogues

Surfin’ Asturies

11 Setiembre, 2016

Nun son pocos los rituales que fui abandonado colos años. Celebrar determinaes feches xuntándome con xente paecío a mi en dalgún aspectu, yera ún d’ellos. Otru consistía en pasar bien davezu un día en monte, nel cordal que separa los valles d’Ayer y Turón. Los dos los abandoné por motivos diferentes, cuasi opuestos.

El primeru, porque nun me valía más que pa facer comparances de cada añu colos precedentes y constatar, cuasi siempre, señales de derrota. D’eses feches emblemátiques seique’l Día d’Asturies yera’l más sintomáticu d’hasta qué puntu me divorciaba yo de la sociedá en que vivía, pero tamién, en parte, d’hasta qué puntu nos divorciábemos d’esa sociedá tolos que compartíamos, siquiera fuera nel usu del llinguax, una concepción d’Asturies como suxetu políticu autónomu.

El segundu abandonélu por galbana, poques gracies. Pero la so utilidá yera xusto la contraria: frente al pasu del tiempu y les evidentes noticies de que nós, los d’entós, yá nun yéremos los mesmos, el monte nun cambiaba. Aquellos paraxes yeren el centru del mundu na midida en que conservaben la mesma traza de la primer vez que los pisara. Un puntu de referencia al que recurrir cuando había necesidá de nortiar y ver quién siguíes siendo por muncho que fueres otru.

Últimamente bazcuyo ente la tentación de volver andar esi camín y el mieu d’atopar tamién tresformaos esos llugares que representen pa mi la definición mesma de la inmutabilidá. Nun veo xeitu de resolver esa paradoxa, asina que pamidea nun voi facer nada. Tocante al primeru de los rituales, ye muncho menor la rocea: por supuesto que’l tiempu fixo un estropiciu bien curiosu y que yá cuesta abondo descubrir ú esa xente cola qu’ún diz compartir qu’Asturies etcétera etcétera. Sicasí, ye una especie de deber, el de pone-y cara al país onde pases los díes y onde van crecer los tuyos.

Soi d’una xeneración que vivió dos guerres fríes, la que tol mundu conoz y la otra, la d’España contra les sos alteridaes, que nin siquiera llamábemos asina porque nos educaron pal silenciu y pa sublimar el conflictu políticu bañándolu n’inxeniería llingüística. Veníemos d’un réxime qu’esibía la unidá de la patria con histrionismos que poco engañaben y que valíen más pa fomentar desafección que patriotismu, y crecíemos n’otru onde la lletra falaba de plurinacionalidá pero la música sonaba a marcha de granaderos. Yo nun recuerdo nunca que m’estrañara de ser asturianu: nun necesitaba inyectame mitoloxía pa saber que compartía vecindá con un millón aproximao de persones que, si exercieren dalgún día los sos derechos, diben ver natural facelo como una comunidá d’afectos y intereses. Nun contaba qu’hubiera que pidir permisu pa ello, y muncho menos qu’hubiera que pidir perdón por ello.

Yá nada nun ye asina, y nun voi facer como que nun sé o nun pensé nunca nes causes d’esi cambiu y nes sos consecuencies. Tampoco voi facer como que nun m’importa. En dalgún momentu intenté que fuera asina, pero hai dalgo visceral que, como’l monte, sigue siendo yo mesmu anque-y ponga sordina, y esi dalgo tien últimamente la virtú de solliviase con poco: un gobiernu presumiendo d’heteroespañolismu, un equipu de fútbol practicando’l cachopismu, y los mesmos voceros de los últimos venti años aneciando en pervertir el llinguax, la historia y hasta la xeoloxía con tal de siguir viviendo na absurda pantasía de que son más españoles que Roberto Alcázar y Pedrín.

Vivir nuna Asturies onde l’axenda política y mediática (que son la mesma) sigue mandándose del imaxinariu nacionalcatólicu, tien que pasar factura. Y pásala, nun se piense que non. Pero tampoco se piense qu’ún ye equí, con dos o tres (cientes) persones más, el caberu resistente de nun se sabe qué cosa. Non: pa desgracia de toos, de los de l’axenda y de los demás, hai cientos de miles de persones n’Asturies que perciben, con mayor o menor intensidá, esa distorsión ente lo que nos correspuende como comunidá (non por sangre nin por historia sinón porque lo diz l’ordenamientu xurídicu vixente) y lo que nos dan disfrazao d’autonomía política. Ye un desoxegu, munches veces, difusu, faltu de vocabulariu, roñosu cola simboloxía o practicante de masoquismu simbólicu. Seique’l conflictu llingüísticu tien muncho que ver con que la sociedá asturiana nun sepa qué facer con esi estáu d’ánimu.

Pero esi desoxegu ye lo qu’esplica, en bona parte, el mapa políticu asturianu de los últimos años. Esplica cómo equí foi capaz de ganar unes elecciones un ex ministru d’Aznar, vendiendo un sospechosu híbridu de cuadonguismu y poujadisme, y esplica que Podemos acariciara una victoria electoral surfeando la mesma fola que Foro pero cola tabla al revés. Esplica por qué n’Asturies nun fixo falta esperar al 15 de mayu de 2011 pa ver n’acción y putrefacción al bipartidismu más obscenu y delirante, y solo esplica en parte por qué esa indignación a l’asturiana nun acaba de cuayar nun proyectu identificable masivamente como soberanista. Esplica, finalmente, cómo l’asturianismu políticu pudo nutrir a proyectos políticos tan diferentes ente ellos. Pero lo que nun esplica, porque nun hai manera de facelo, ye cómo articular n’Asturies una alternativa política al binomiu PSOE-PP ensin mandase, necesariamente, de la esperiencia y el discursu del asturianismu políticu, la única corriente política que supo surfear Asturies nos últimos trenta años y que, con too, siempre foi incapaz de tener tabla propia.


Categoríes: Canal Blogues

El cielo puede esperar

5 Setiembre, 2016

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.


Categoríes: Canal Blogues

Cuando la tuna te dé serenata

31 Xunetu, 2016

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.


Categoríes: Canal Blogues

Cultura de campu y playa

24 Xunetu, 2016

Artículu de güei pa La Voz de Asturias, equí.


Categoríes: Canal Blogues

Los toreros muertos

17 Xunetu, 2016

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.


Categoríes: Canal Blogues

Nuestro Cuarto Estado

13 Xunetu, 2016

Parece que avanzan hacia la luz desde el interior de una caverna, pero ese fondo sombrío es un espacio abierto, verde y casi salvaje: Naturaleza en estado puro, solo que en penumbra. ¿No es extraño? Casi podríamos medir en siglos el tiempo que llevan los pintores transitando de la ciudad al campo, del bodegón a la fronda, y estos tipos, en cambio, lo hacen al revés: dejan atrás los verdes pastos en los que triscarían tan campantes no solo las cabras sino el mismo Claude Lorrain en pleno furor báquico; se visten con lo que aparentemente son sus mejores galas pero que, así y todo, el espectador burgués de 1901 aún consideraría ropajes poco apropiados para figurar en una pintura de ese tamaño (293 x 545 cm); y con ese semblante que solemos calificar de adusto (y algún día comprobaremos en el diccionario si lo es o no) pero que más parece un no semblante, el rostro sin estrenar de una multitud de iguales, caminan hacia nosotros, hacia la luz que irradia desde nuestra condición de observadores, más de un siglo después desde que Giuseppe Pellizza da Volpedo determinara que así serían los integrantes del Cuarto Estado, el Pueblo, la Clase Trabajadora. Los que dejan atrás las servidumbres del campo y vienen a enrolarse en el ejército del proletariado urbano. O tal vez los que ni desean ni se proponen dejar de ser campesinos, jornaleros, braceros, sino más bien dignificar su condición de campesinos, de jornaleros, de braceros, y deponen por un día sus aperos y se cruzan de brazos exigiendo lo que, a juzgar por lo convencionalmente adusto de ese semblante multitudinario, no puede ser sino Justicia.

Pardos, marrones, grises. El colorido no abunda. Se diría que al dejar atrás ese paraíso natural de verdes nubarrones han ingresado en una uniformidad cromática y gestual, también sexual o casi: apenas hay mujeres en esa escena, apenas niños o niñas, y muy pocas personas jóvenes. Esas excepciones de sexo y edad van descalzas. Esos pies desnudos parecen hablar, nos dicen que los zapatos son un bien costoso, el privilegio de quien puede pagárselos y calzárselos cuando tiene la oportunidad (un día en la vida) de no estropearlos pisando terrones, barro, maleza, estiércol, todo aquello que uno no pisa con sus zapatos nuevos porque tienen que durar, un buen par de zapatos es para toda la vida. Así sabemos que si ellos van calzados es porque se dirigen a algún lugar donde podrán exhibir esos zapatos con orgullo, mientras que ellas, las mujeres, al igual que los jóvenes, parece que no importe que vayan descalzas puesto que ni siquiera se espera de ellas que vayan a ninguna parte.

Siempre me ha intrigado la mujer con el niño, en primer plano, esa que se dirige a la figura central con un gesto que parece suplicante mientras esa figura central, ese hombre del sombrero y la chaqueta al hombro, no da la menor muestra de haberla visto, de estar oyéndola, ni siquiera en el caso de que, en lugar de suplicarle, en lugar de tratar de disuadir a ese hombre, lo que esa mujer esté haciendo sea, al contrario, alentarle. ¿Camina ese hombre por ella, o contra ella? ¿Camina a pesar de ella, o por su causa? De todas las preguntas retóricas que suscita esa pintura, y de las no retóricas, la que más me interesa tiene que ver con la función de esa mujer en el cuadro: ¿no estaría hoy, más de un siglo después, en el centro de la composición esa mujer, y no el hombre? ¿Podemos imaginar un Cuarto Estado del siglo XXI que no sea intrínsecamente femenino?

Acertó Bernardo Bertolucci al elegir El Cuarto Estado como icono de su ya de por sí icónico Novecento. Esos trabajadores son multitud pero también identidad: son clase. Cada uno de ellos un ejemplar del género / la clase / el conjunto. Intercambiables, en ellos se realiza la conversión de lo cuantitativo en lo cualitativo, para la cual no hay marcha atrás: uno no vuelve a tener un rostro propio después de haber adoptado el de la multitud. Así lo comprendió también Alan Moore al cubrir el rostro del héroe de V de Vendetta con la máscara de Guy Fawkes: el efecto multiplicador de esa máscara sobre la multitud que planta cara a la policía al final de la película de James McTeigue (no así en la novela gráfica original) no es, sin más, el de infundir pavor sino, antes bien, el de superponer una nueva identidad, ni individual ni colectiva sino genérica. No es de extrañar que esa muralla de Fawkes se haya convertido en referencia iconográfica de la ola de protestas de los últimos años, igual que la muralla de trabajadores de Pellizza da Volpedo cumplió esa función en tiempos no tan lejanos pero ya no coetáneos. La multitud de Pellizza ya no es nuestra, aunque siga habitando el inconsciente mitológico de una parte de la izquierda política y sociológica.

No ha muerto la clase obrera: se ha cambiado de ropa. Ha dejado de tener ese rostro uniforme, cariacontecido, el semblante adusto (lo he mirado: que es excesivamente rígido, áspero y desapacible en el trato) de un pater familias con conciencia histórica. No es mal sustituto esa máscara blanca, circense, en la que pueden confluir identidades diversas con sus diversas lenguas, sexualidades, pigmentaciones y destrezas. Ahora, hablar de clase obrera en los términos de Pellizza da Volpedo, teniendo en mente esa pintura y no los talleres brasileños de Inditex o las motos agónicas de TelePizza, es algo parecido a utilizar el telégrafo para dar un aviso urgente: menos y más que obsoleto: una boutade.

Recientemente he visto El Cuarto Estado luciendo como fondo de pantalla en el ordenador del presidente socialista asturiano, Javier Fernández. Sosteniendo esa pantalla, a modo de plinto, se hallaba el Diccionariu de la Llingua Asturiana, cumpliendo así el cometido que uno da a los libros que no piensa abrir jamás. La imagen me pareció excesivamente elocuente, tanto que parecía obedecer a un cálculo preciso, a una intención provocadora. Ignoro si hubo tal cosa y no me importa demasiado: en su conjunto, esa imagen ilustra la noción de clase trabajadora que poseen ciertos personajes poderosos que se dicen de izquierdas, a saber, un icono puramente ornamental y, además (así lo atestigua el diccionario yacente), privado de voz y de palabras. Como si hubiésemos vuelto a la casilla de salida y necesitáramos, después de todo un siglo, que Pellizza da Volpedo, o alguien como él, nos pintara de nuevo.

quarto-1

[Publicado en A Quemarropa, 11 de julio de 2016.]


Categoríes: Canal Blogues

Pedagoxía institucional

11 Xunetu, 2016

Artículu de güei pa La Voz de Asturias, equí.


Categoríes: Canal Blogues

El Ojo Vago, en la Semana Negra

9 Xunetu, 2016

La Semana Negra de Xixón es una ciudad dentro de la ciudad, de modo que si el próximo lunes, 11 de julio, presentamos allí El ojo vago no es exactamente una repetición, sino más bien una reescritura.

Será a las 21 horas, en el Espacio A Quemarropa, y estará Ignacio del Valle a los mandos de la aeronave.


Categoríes: Canal Blogues

Cosas que hacer con los dientes cuando aún no has muerto

4 Xunetu, 2016

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.


Categoríes: Canal Blogues

El Ojo Vago, en Madrid

1 Xunetu, 2016

El sábado 2 de julio, a las 13 horas, estaremos con Luisgé Martín presentando El ojo vago en la librería Traficantes de Sueños. A las 13 horas.


Categoríes: Canal Blogues

No ha sido el señor D’Hondt

27 Xunu, 2016

El Partido Popular ha vuelto a ganar las elecciones. Era difícil otro resultado sin que mediara una catástrofe biológica, tipo peste bubónica: una sociedad no cambia tanto en seis meses. Igual de previsible era que los demás partidos mantuviesen su cuota de poder, salvo Ciudadanos. (Hay algo en Ciudadanos que se impugna a sí mismo, igual que lo había en UPyD, y ese es ahora mismo uno de los asuntos que más me intriga de la política española, pero no es de eso de lo que tratan estas líneas. Cada cosa a su tiempo.)

Estas líneas tratan del resultado de Unidos Podemos, de su relación con el electorado del PSOE y con la evolución de Podemos desde su creación hace dos años y medio. Y no pretendo disfrazarlas con retórica pseudocientífica (las ciencias sociales, para quien las trabaja): es personal, no son negocios.

Los resultados de Podemos en las elecciones del 20D fueron los que cabía esperar en un contexto de renovación generacional de las elites políticas españolas. Ni más ni menos. Podrían (deberían) haber sido otra cosa, pero se quedaron en eso. Ya era un paso adelante con respecto al panorama del que salíamos, a saber, una gerontocracia turnista hábilmente manejada por los poderes económicos, tanto dentro de la legalidad como fuera de ella. Pero era insuficiente, y no en virtud de deseos ultraizquierdistas o nostalgias de la marginalidad, como se ha venido repitiendo con absurda insistencia desde las cúpulas de Podemos. Era insuficiente porque el llamado “régimen del 78” posee suficiente combustible para aguantar así otros diez años, e incluso más. Una impugnación sistemática de su pilar más débil, a saber, la monarquía, podría haberlo hecho caer. Cierto que hacía falta pulir el instrumento, transformar aquel Podemos embrionario de la primavera de 2014 en una “maquinaria de guerra electoral”. Nada que objetar. El problema es no haber sabido leer que lo que convirtió a Podemos en una amenaza para el bipartidismo era justamente lo que podía suministrar las piezas de esa maquinaria. Y entre esos factores me gustaría destacar tres: la horizontalidad, la transversalidad y la diversidad.

Horizontalidad. Desde mayo de 2011, la celebración de primarias abiertas en los partidos políticos para la confección de listas electorales, y para la elección de cargos orgánicos, fue una reclamación que desbordó los foros de debate del 15M. Podemos la adoptó en sus inicios, pero paulatinamente fue convirtiendo esas primarias en un foco de turbulencias. Es comprensible que se intentara reglamentar aquel caos primigenio, pero es incomprensible que, al hacerlo, se eliminara uno de los rasgos que hacían a Podemos diferente de los demás partidos a ojos del electorado (hasta el punto de que muchos otros partidos tuvieron que adoptar medidas similares, aunque fuese por pura cosmética). Y es importante dejar claro que lo de menos es el quién (solo relativamente: convendría analizar la procedencia de clase de los diputados electos, por ejemplo, o la relación de los distintos cargos orgánicos con el mundo del trabajo, o el papel de las mujeres en el nuevo star system): importa más el cómo. En 2014, Pablo Iglesias era para mí un perfecto desconocido. A quienes votamos por Podemos en las elecciones europeas de aquel año nos daba igual quién figurase en lista alguna, y no teníamos ninguna intención de perder el tiempo investigando quién era quién. Pero podía haberse intuido que esa tarea la harían los medios por nosotros. Y podría haberse previsto que la soberbia del equipo de Iglesias, sus actitudes despóticas dentro del partido en vísperas del congreso de Vistalegre, y no digamos ya en sus postrimerías, dañarían notablemente la imagen de Podemos. La perversión del sistema hasta llegar a los dislates de la confluencia con IU (me refiero a la confección de listas, no a la confluencia en sí) solo añadió gravedad al asunto, pero el daño ya se había hecho antes.

Transversalidad. Se abusó de expresiones poco afortunadas, como la dichosa centralidad del tablero, pero la hipótesis de partida era correcta: desde la dicotomía izquierda/derecha era prácticamente imposible desbancar a las elites en la arena electoral. Los nuevos movimientos sociales llevaban en su agenda un talante pragmático difícil de comprender para quienes provenimos de marcos mucho más ideologizados, pero más eficaz y, sobre todo, más eficiente en el horizonte epocal del nuevo precariado. Y aquí entra en juego (lo había prometido) la relación con el electorado del PSOE: un electorado para el cual las marcas ideológicas son fundamentales, y con el cual no cabe entrar en disputa por apropiarse de ellas. Pues bien: desde las elecciones autonómicas de 2015, Podemos se ha empeñado en embestir al PSOE no como si lo mereciera (que seguramente lo merece) sino como si esa fuese su principal razón de existir. La noción gramsciana de hegemonía, de la que tanto se abusa en la papirotecnia de Podemos (un tanto superficialmente, y otro día hablaremos de la solvencia intelectual de los sabios de la tribu), fue sustituida, en la práctica, por una noción de hegemonía más propia de las ciencias biológicas: aplastamiento del competidor en su propio nicho ecológico. Resultado: el PSOE te arrastra a su agenda, te impone su marco de discusión, amplifica cualquier punto débil (y hace bien) con la intención de repeler a la especie invasora. Mientras tanto, en una galaxia muy cercana, Mariano Rajoy y su perro Rico se dan un paseo sin que nadie les estorbe.

Diversidad. Es curioso que, de todos los presuntos significantes vacíos que podían haberse abandonado en la deriva de Podemos hacia su conversión en franquicia, solo uno siguió aprovechándose hasta el final, a saber, el significante “patria”. No diré que es la expresión de un centralismo escasamente disimulado (salvo en Cataluña, donde a la fuerza ahorcan, después de las meteduras de pata de Iglesias en la campaña autonómica), porque parece que ese centralismo no pasa factura, a tenor de lo visto en Euskadi, pero sí me interesa subrayar con qué se ha querido rellenar ese vacío: con una versión de El pueblo unido jamás será vencido interpretada por Julio Anguita. Si hace unos meses podíamos recordarle a Íñigo Errejón que España no es Ecuador, en estos últimos meses alguien debería haberle recordado a Pablo Iglesias que España tampoco es el Chile de 1970. La imagen de Podemos se ha vuelto cada vez más uniforme, más gris, menos representativa de una sociedad y unas clases populares cuyos memes identitarios son incompatibles con los lemas de las izquierdas tradicionales. Lo cual no sería excesivamente grave si el funcionamiento de Podemos le permitiera ajustar esa imagen, y el discurso subyacente, a las demandas de un cuerpo político-electoral que participara activamente en las decisiones del partido. Lo que ocurre es que no hay tal ajuste, porque el funcionamiento de Podemos hace tiempo que se alejó de esos espacios de conflicto para replegarse en habitáculos virtuales en los que no circula el aire, solo las consignas. Esa burbuja virtual es incapaz de incorporar no ya la discrepancia sino la simple divergencia. Se ha vuelto expresión de un pensamiento gregario que replica en todos sus niveles la obsesión por la fotografía totalitaria: los selfies de los fans con sus ídolos y los retratos de grupo con notables al frente y de espaldas a su público.

Las primeras asambleas de Podemos a las que asistí me resultaron chocantes por lo que tenían de ingenuo, de poco histriónico, de ceremonial: pretendían trasladar los espacios abiertos y los ritmos de discusión de las plazas de mayo de 2011 a un ámbito donde todavía no funcionaban los grupos de Telegram. La asamblea de Vistalegre me resultó chocante por lo que tenía de fastuoso, de high-tech político, de derroche de I+D+i en el campo del combate ideológico. La última reunión de Podemos a la que asistí, como invitado, en vísperas de la dichosa confluencia con IU, tuvo lugar en un ambiente oscuro, cerrado y húmedo, tal vez por casualidad (o porque era invierno), y en ella se sucedieron soporíferos discursos de sedicentes líderes a los que solo escuchaban sus más fieles seguidores (y sus asesores contratados) mientras la mitad de los espectadores se entretenía difundiendo chismes sobre la otra mitad. Me pareció que, como broche final a una trayectoria decadente, no encontraría otro igual. Me equivocaba: faltaba el escrutinio de los votos.


Categoríes: Canal Blogues

Almuerzu continental

26 Xunu, 2016

Artículu de güei pa La Voz de Asturias, equí.


Categoríes: Canal Blogues

Politainment

20 Xunu, 2016

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.


Categoríes: Canal Blogues

La Europa d’una nueche de San Xuan

12 Xunu, 2016

Artículu de güei pa La Voz de Asturias, equí.


Categoríes: Canal Blogues

Pages