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Blog de Xandru Fernández
Updated: fae 10 hores 16 min

Hazañas bélicas

20 Xunetu, 2014

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Comparances dolioses

13 Xunetu, 2014

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La caja negra de Salinger

10 Xunetu, 2014

La mayoría de los personajes célebres de la historia de la literatura serían, muy probablemente, unos vecinos bastante molestos, unos amigos pésimos y unos familiares dignos de vergüenza y repudio. ¿Quién querría ser pariente de Raskolnikov, o compañero de estudios, y aun de asiento en un autobús, de Humbert Humbert? Buena parte del mérito de un narrador reside en su capacidad para crear seres detestables y, aun así, despertar en el lector el interés por sus vidas e incluso la estima y el cariño. Así J.D. Salinger, autor de una sola novela cuyo protagonista, Holden Caulfield, no deja de ser un niño pijo con tendencia al melodrama, y de varios relatos protagonizados por un puñado de hermanos, los Glass, de los que lo menos que se puede decir es que no nos sentiríamos muy inclinados a pasar junto a ellos más de media hora al año, y eso haciendo un esfuerzo. No obstante, tanto Holden como Seymour, Buddy, Zooey, Franny y el resto de la pandilla Glass son fascinantes, verosímiles y verosímilmente fascinantes, y es en ese triple salto mortal sin red donde la maestría de Salinger resalta como un hecho difícilmente discutible.

Salinger hizo consigo mismo lo que ya había ensayado con éxito en sus personajes: proyectó una imagen de artista herido, misántropo y perfeccionista, y la alimentó durante décadas a fuerza de vetar toda tentativa de acceso a su intimidad. Es evidente que los cientos de admiradores que trataron de aproximarse a Salinger por uno u otro medio no se plantearon nunca si esa proximidad les aguaría la fiesta o, a falta de fiesta, el mito al que habían dado crédito. Haría bien en planteárselo quien se disponga a leer su biografía.

Biografía es Salinger, y biografía bifronte, libro y película al mismo tiempo. La película, dirigida por Shane Salerno y producida por los hermanos Weinstein, ha recibido duras críticas, y ahorraríamos tiempo si adelantásemos que alguna de ellas puede aplicarse con idéntica justicia a su hermano de tapa dura, cuya autoría comparte Salerno con David Shields. En primer lugar, dado que no suele haber muchas horas de filmación sobre la vida de un autor de novelas y relatos, y menos si ese autor se mantuvo apartado del mundo durante casi sesenta años, es comprensible, pero tedioso, que el documental supla esa carencia con entrevistas y material audiovisual de segunda mano (la Segunda Guerra Mundial, el asesinato de John Lennon y muchas máquinas de escribir en primerísimo primer plano). En segundo lugar, y tal vez como consecuencia de lo anterior, el lector/espectador tiene la impresión de que los autores han privilegiado los elementos espectaculares en perjuicio de otros menos impactantes. Considero que estos dos defectos, cuya sombra se proyecta sobre la estructura del libro, tienen su explicación en el origen fílmico del proyecto, y por eso me he referido en primer lugar a la película. Atengámonos, en lo sucesivo, a la biografía escrita.

Pocas de las más de seiscientas páginas de Salinger han sido escritas, en realidad, por Shields y Salerno: la mayor parte del libro está constituida por declaraciones de otras personas, citas de cartas y libros de Salinger y extractos de otras biografías y estudios críticos. Al lector interesado en la obra de Salinger le resultará atractiva la mayor parte de ese material, y sabrá pasar de puntillas por esa parte menor formada por cotilleos y opiniones irrelevantes. En buena medida, al lector se le da la posibilidad de construir su propio libro. A no ser, naturalmente, que tengamos en cuenta el enorme poder que los autores se han reservado para sí mismos: la selección y disposición de esas fuentes escritas y orales en beneficio de una tesis de fondo sobre la personalidad de J.D. Salinger.

Tesis: J.D. Salinger fue un escritor profundamente trastornado por su experiencia durante la Segunda Guerra Mundial. Tanto su obra como su alejamiento de la vida pública y su renuncia a seguir publicando después de 1965, se hacen comprensibles a la luz de esa experiencia traumática. Incluso su adhesión a los principios del vedanta y su tendencia, cada vez más acusada, a convertir la literatura en una forma de propaganda religiosa parecerían explicarse también por la necesidad de superar las heridas psicológicas que la guerra le infligió a Salinger.

La tesis es sugerente y cuenta con abundante apoyo empírico. Ahora bien, lo justo, tratándose de una biografía, es preguntarse no solo por la adecuación de la interpretación a los hechos, sino también, y muy especialmente, por su verosimilitud. Al igual que una autobiografía no cuenta solo por su grado de fidelidad a la imagen que el autor tiene de sí mismo, sino también por su pericia al dar a luz un relato verosímil, no es menos cierto que en una biografía el personaje construido tiene que parecer creíble, sea a la luz de presupuestos hagiográficos, sea en consonancia con postulados críticos y desmitificadores. Shields y Salerno lo consiguen en parte, y hay que reconocer que, cuando fracasan, lo hacen al amparo de la magnitud del reto al que se enfrentan: durante toda su vida, J.D. Salinger representó varios personajes a un tiempo, la mayoría de ellos en privado y uno en público, sobreactuados todos, y es dudoso que se pueda hallar sin más un común denominador a todas esas manifestaciones del escritor. Ahora bien, si bucear en la conciencia de un escritor a partir de sus escritos constituye siempre una tarea arriesgada, hacerlo a partir de sus silencios tiene todo el aspecto de un reto quijotesco con muchas probabilidades de degenerar en parodia. Nos enfrentamos a un problema epistemológico: la imagen de la caja negra que Skinner aplicaba a la mente humana se ve sustituida aquí por la del búnker donde Salinger trabajó durante más de la mitad de su vida, y sustituida de nuevo, después de su muerte, por la de la caja fuerte donde según algunas fuentes reposa su legado.

A propósito de ese legado, las muchas hipótesis que plantean Shields y Salerno al final del libro tienen la ventaja de ser falsables en gran medida: si es cierto que Salinger se recluyó para seguir escribiendo, esos escritos aparecerán a partir de 2015, y ganará fuerza el mito del autor instalado en la cúspide de la fama que ya solo escribe para sí mismo y para una lejana y ansiosa posteridad. En cambio, si no es así y no hay tales textos, habrá que optar por la hipótesis alternativa, a saber: que Salinger se bloqueó y fue incapaz de terminar nada después de “Hapworth 16, 1924”, su último y discutido relato aparecido en The New Yorker en 1965. También cabe la posibilidad de que esos textos aparezcan y sean ilegibles o, lo que es peor, mediocres: el mito sufrirá daños, inevitablemente.

Quizá lo más sorprendente (y desasosegante) de esta suerte de collage biográfico sea el modo en que coexisten dos tipos de superposición entre el personaje objeto de investigación y los sujetos de la misma, esto es, sus autores. “Al hacer relato de una vida de la que no soy autor en cuanto a la existencia, me hago su coautor en cuanto al sentido”, escribió Paul Ricoeur, comentando la singularidad del biógrafo como autor adoptivo. Shields y Salerno asumen la autoría de la trama sobre la vida de Salinger: localizan las fuentes, entrevistan a los supervivientes, dan relevancia a unos episodios sobre otros, diseccionan El guardián entre el centeno en busca de pruebas que legitimen su tesis de fondo, pero no consiguen, pese a todo, mostrarse coautores de una vida con sentido. Por todas partes siente el lector que se aproximan personajes arquetípicos, o simplemente célebres, a disputarse la identidad de Salinger, confundiéndola con la suya: no tanto Holden Caulfield cuanto una especie de híbrido de Gustave Flaubert y el señor Rochester de Jane Eyre. Uno no sabe a ciencia cierta si esta es la única biografía posible que podría escribirse sobre Salinger, un texto donde la voz principal subyace enterrada bajo docenas de voces no demasiado afinadas y en absoluto melodiosas, pero es probable que una biografía fracasada sea la mejor biografía imaginable sobre una vida fracasada.

[Publicado en El Cuaderno: Mensual de cultura, número 57, junio de 2014.]


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Las viejas caras de la nueva política

6 Xunetu, 2014

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Tres mieos mediáticos

29 Xunu, 2014

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Don de lenguas

22 Xunu, 2014

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Ensin complexos

15 Xunu, 2014

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Arquitectura soviética y narrativa epistolar

10 Xunu, 2014

Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: «Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros». Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, enviados por la Iglesia, atravesaron Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles y produciendo gran alegría en todos los hermanos. Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y contaron cuanto Dios había hecho juntamente con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para decir que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés. Se reunieron entonces los apóstoles y presbíteros para tratar este asunto.

Hechos de los apóstoles, 15, 1-6

Pequeña tormenta perfecta en Podemos. Desencadenante: la epístola de Pablo Iglesias a los círculos, tanto a los gálatas como a los demás, anunciando una asamblea otoñal donde Podemos se reconstituya de acuerdo con sus dimensiones reales; en la misma carta Iglesias anuncia que presentará su propia propuesta de equipo para organizar esa asamblea constituyente.

La misiva no cae bien en los círculos, o al menos da esa impresión (una impresión fomentada en parte por la discusión en redes y en parte por el entusiasta artículo del diario El País, nunca sospechoso de actuar movido por intereses de clase o de partido). Lo cierto es que uno no sabe cuántos círculos se han manifestado contrarios a la iniciativa de Iglesias, ni cuántos la han apoyado, ni si cuentan lo mismo todos los círculos, sea cual sea su diámetro.

Los círculos, esto es, las asambleas (locales o en red) de simpatizantes y colaboradores de Podemos, son uno de los tres centros de este dispositivo que me niego a llamar “movimiento” (no lo es) y me resisto a llamar “partido” (aunque lo haré). Los otros dos centros, el de los llamados “notables” (el núcleo de la Universidad Complutense de Madrid: Iglesias, Errejón, Monedero, etc.) y el de los “orgánicos” (fundamentalmente Izquierda Anticapitalista, por su implantación territorial y su papel en la creación de Podemos), mantienen con el primero un frágil equilibrio a tres bandas.

Parte del éxito de Podemos hasta el momento tiene su explicación en ese equilibrio triangular. Ahora bien, aplicando un razonamiento puramente narrativo (el que más me conviene por trayectoria y experiencia), tampoco hay que ser un lince para darse cuenta de que, sean cuantos sean los centros de una estructura narrativa, a medida que la narración se dilata hay que reforzar esos pilares proporcionalmente, so pena de que la estructura entera se nos caiga encima.

En sus inicios, el peso de esos tres centros de Podemos no era el mismo: tanto el núcleo de la Complutense como Izquierda Anticapitalista pesaban más (producían más información, y por tanto más organización) que los círculos, es más, los círculos fueron emanación de los otros dos centros, no entidades preexistentes a Podemos, por más que en su creación se utilizaran estructuras (potencias) que ya existían. La proliferación de círculos y su metástasis los han vuelto problemáticos para la estructura original de Podemos. Pero, además, el peso de los notables no ha disminuido, al contrario: es un centro sólidamente apuntalado por el interés de los medios. ¿Qué ocurre, en cambio, con Izquierda Anticapitalista? Ocurre que su peso es el mismo de antes y, frente al peligro de volverse insignificante, podría optar por diluir su masa en los círculos, propiciando que un diseño elegantemente triangular se transforme en una estructura binaria, que es, de todas las posibles, la menos atractiva desde un punto de vista estético y la menos resistente desde un punto de vista arquitectónico: comprare usted una tienda de campaña con una hamaca y dígame cuál de las dos preferiría durante un temporal.

Rediseñar esa estructura es urgente y no puede hacerse sin fricciones, cuanto más públicas mejor: democracia es, entre otras cosas, eso. De ahí que quepa indignarse cuando un procedimiento es precipitado, de ahí que quepa (también) rectificar y resetear sin demasiado gasto de energía. Lo que no puede hacerse (no está en nuestras disposiciones anímicas, ni en nuestra memoria de experiencias pasadas) es actuar como si los demás acabaran de caerse de un guindo.

Los círculos empiezan a ser conscientes de su poder transformador, pero los círculos no son células, ni organismos pluricelulares, sino más bien nichos ecológicos. Es así que, a día de hoy, cualquiera puede estar en Podemos sin ser parte de Podemos, de un modo análogo a como uno puede estar en un bar sin ser parte del bar: un cliente no es un taburete, ni una jarra de cerveza. Es innegable que hay que poner orden en esa metástasis, pero es muy discutible qué tipo de orden estaría dispuesto a aceptar cada uno de esos clientes, habituales o no, en cada uno de esos bares. Cabe optar por un modelo franquicia: los círculos como McDonald’s gestionados por los propios clientes y trabajadores. Cabe optar por un modelo asociación de hosteleros: cada círculo una entidad autónoma con su propia estructura orgánica y, levitando sobre todos ellos, una superestructura colegiada, representativa de esa pluralidad. No he elegido el símil al tuntún: bares y restaurantes suelen distinguir entre clientes y camareros, y en bares y restaurantes suele reservarse el derecho de admisión, pero también es cierto que la diferencia entre un cliente y un camarero no es cuestión de talento (uno no es cliente de un bar porque no sepa servir copas) y también lo es que no es lo mismo echar de un local a un borracho agresivo que impedir la entrada a alguien por ir mal vestido.

Todo esto es solo mi lectura, tan sesgada como pueda serlo cualquier otra. Desde luego, no tan objetiva como el relato de El País, con su semisótano y sus catorce mil carteles, pero tampoco tan desenfadada como el comunicado de Izquierda Anticapitalista, que estoy seguro de que pasaría el test de Turing sin demasiada dificultad. Probablemente estoy pasando por alto otros factores, pero, como diría mi amigo Iván Cepedal, no vamos a ponernos a hacer un DAFO a estas alturas.

¿Dónde está el problema? El problema está debajo del debate sobre el modelo organizativo, y solo encapsulado a medias en ese debate: se trata de un problema de fines, y no de medios, de valores, y no de utilidades, y de estrategias, y no de tácticas.

Un problema de fines. ¿Cuál es la finalidad de Podemos? ¿Construir una mayoría parlamentaria de izquierda y poner en práctica un programa de gobierno que solo en parte es compatible con el marco jurídico vigente? ¿Promover un proceso constituyente que dé al traste con ese marco jurídico e instaure un nuevo modelo político e institucional (y, por consiguiente, también territorial) en el Estado español? ¿Preparar institucionalmente el blindaje jurídico para un cambio social que vaya más allá de la asamblea constituyente, en el horizonte de una asamblea infinita?

Un problema de valores. ¿Es Podemos una herramienta en manos de los círculos, y por tanto un dispositivo útil o inútil pero no valioso en sí mismo? ¿O aspira Podemos a la excelencia política y su valor no lo es tanto en relación a las aspiraciones de los círculos como por el efecto contagio que pueda ejercer sobre el resto de partidos e instituciones? ¿Requiere la continuidad de Podemos una mínima estructura orgánica, o puede hacer frente a la metástasis a base de aplausos silenciosos? ¿Hay voluntad de debatir en red unos programas con más de un punto negro, o se impondrá el recurso al cliché para vender el humo de siempre y que solo lo compren los militantes con más tiempo libre y mayores dificultades de socialización?

Un problema de estrategias. ¿Está Podemos preparado para dirigir y canalizar todas y cada una de las mareas de resistencia hacia un escenario de proliferación de conflictos y desbordamiento del régimen, o su papel se agota en el razonamiento táctico de la constitución de un bloque de izquierda? ¿Debe dotarse Podemos con los mecanismos adecuados para integrar la colaboración e incluso la convergencia con otros partidos y procesos, o tiene crédito para seguir maniobrando al margen de esas realidades, como ha hecho con ocasión de la plataforma a favor del referéndum sobre la forma del Estado?

Ya me callo. Seguiremos hablando cuando por fin a alguien le apetezca plantear la cuestión de la composición de clase. Solo una puntualización final: el solo hecho de que alguien en las izquierdas españolas, por una vez en décadas, haya dado muestras de saber lo que se hace, debería ser razón suficiente para prestarle algo de confianza. No se trata de lealtad incondicional, sino de instinto de supervivencia. Por supuesto que duele, pero a nadie le han salido los dientes sin sufrir un poco, y a nadie le importa demasiado, sabiendo que la única alternativa a ese sufrimiento es la desnutrición. Suicide is painless.


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La intimidad de los ciegos

8 Xunu, 2014

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Javier Cercas o la retórica de servicios prestados

4 Xunu, 2014

“Lo primero que debemos recordar es que Franco no fue un político lanzado a la lucha por el Poder; fue un soldado a quien la Historia puso al frente de su Patria cuando ésta se vio irremediablemente arrastrada a una guerra civil. El General Franco intentó evitar aquella guerra; pero, una vez desatada, asumió su dirección e hizo cuanto estuvo en sus manos –y en ellas pusimos nuestra confianza– para conducirla a la victoria”.

Así glosaba Alfonso García Valdecasas en el diario ABC la figura del dictador. Era el 22 de noviembre de 1975, justo el mismo día en que Juan Carlos I era coronado rey de España.

Las loas a Franco, fúnebres o no, son en sí mismas todo un subgénero literario, y hasta una parafilia. Pocas superan los arrebatos neuroépicos de Ernesto Giménez Caballero (“De paso lento y firme, de entrañas implacables y de rostro impasible. Tipo cesáreo, que no vaciló en la guerra. No ha vacilado en la paz –ni vacilará en lo que viene– caiga quien caiga. Sereno, impávido; broncíneo –ese hombre misterioso que casi nadie conoce bien de cerca, pero que todo un pueblo presiente alucinado que le lleva a una gloria cierta y mayor que las pasadas”). Pero son mucho más sintomáticas y elocuentes las comparativamente más discretas palabras de García Valdecasas, cofundador de la Falange (se dice que fue él quien le dio el nombre) y converso a la causa de Juan de Borbón aunque con la boca pequeña: definen ostensivamente la retórica de servicios prestados que tanto se lleva en bodas, funerales y abdicaciones, y de la cual estamos últimamente bien servidos.

Son textos que guiñan constantemente un ojo y lanzan señales solo para iniciados. Aquellos que comprenden las reglas no escritas de la tribu, descodifican automáticamente esas señales y tienden a valorarlas en consonancia con su particular sistema de creencias, mientras que los observadores externos, por muy avisados que estén de las peculiaridades del grupo y su lenguaje, no pueden evitar una sensación de extrañeza y hasta de cierta vergüenza ajena que puede resolverse en risita involuntaria o en carcajada despectiva, dependiendo de lo que a uno le importe herir los sentimientos de la tribu. Es lo que nos ocurre a menudo a los adultos con los sistemas de signos de los niños o de los adolescentes: no podemos evitar una sonrisa o una burla, aun siendo conscientes de que, a su edad, también nosotros participábamos de un código similar, que nos parecía tan sólido e incontrovertible como nuestra propia superioridad moral sobre el mundo adulto.

Es evidente que se trata de textos hagiográficos: cumplen, como las vidas de los santos, una función evangelizadora, tratan de ilustrar al que no sabe pero, al mismo tiempo, dan por sentado que es casi imposible no saber lo sabido: las virtudes del santo son indiscutibles, forman parte de un relato que todo el mundo conoce salvo el que por vicio o ignorancia (suponiendo que sean cosas diferentes) se sitúa al margen del consenso. En ellos la exageración es norma, pero no menos normal es la falsificación del pasado, más propia del relato de aventuras que de la historiografía. La épica del sacrificio es una constante. También lo es el optimismo histórico, la constatación triunfal de que, si este es el mejor de los mundos posibles, lo es gracias a los sacrificios del sufrido protagonista.

La abdicación del rey Juan Carlos I ha inundado los medios de hagiografías similares. Esa sobreabundancia no es casual, ni obedece a una demanda ciudadana de poesía laudatoria. Antes bien, es inducida por el propio sistema de reparto de poder que se beneficia de ella. No trata de elevar a los altares a un aspirante a la gloria, sino de mantener en ellos a una figura discutida o en trance de serlo en un momento tan crítico como un fallecimiento: una abdicación. Las páginas del diario El País están repletas de textos de ese tipo. Pocos tan elocuentes como el firmado por Javier Cercas con el título “Sin el Rey no habría democracia”.

Gran parte de la carrera literaria de Javier Cercas hunde sus raíces en la poética de la transición. Sus dos mayores éxitos, Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, vienen a ser los Argonath entre los que discurre el relato oficial de nuestra historia reciente: el primero profundiza en la herida mítica, hesiódica, que creó nuestro presente (la guerra entre hermanos que propició rencores y venganzas y que no se cierra ni debe cerrarse porque eso solo podría hacerse a condición de abandonar la equidistancia y romper el equilibrio de la corresponsabilidad de ambos bandos) y el segundo reconstruye el sacrificio lustral, homérico, que inauguró nuestro futuro (el del rey, naturalmente, alzándose en la noche del 23F como un titán brumoso pero inalcanzable, frente a la mediocridad no menos ejemplar de Adolfo Suárez, espejo donde mirarse el español honrado). La suya es, por tanto, una voz autorizada, la más indicada para glosar la figura del rey recién abdicado, trasfundir sangre nueva al relato de sus tribulaciones y conjurar los peligros del tiempo que se abre tras la abdicación.

“Sin el Rey no habría democracia” reúne, desde su título, todos los elementos distintivos de esa retórica de servicios prestados. Se trata de un texto cuya comprensión requiere haber vivido en España durante un par de décadas al menos, o haber estado en contacto con alguien que tuviera esa experiencia, o haber sido, en resumen, socializado a la española: requiere pertenecer a la tribu. Un observador externo, un etnógrafo o un periodista extranjero sin demasiada formación en los asuntos domésticos del reino de España, tal vez tendría dificultades para desentrañar qué quiere decir Cercas con que “sin el Rey, quizá no hubiera habido democracia, o no la hubiera habido tal y como la conocemos, o hubiera tardado años en llegar” [las cursivas son mías]; desde luego, le habría costado tanto como a cualquier español averiguar cómo se llega, desde esa ambigua descripción de las aportaciones juancarlistas a la democracia indefinida, al enunciado taxativo que da título al artículo. Claro que el lector español, o el iniciado en la españolidad transicional, comparte muy probablemente la adhesión de Cercas al relato fundacional de la democracia española, de modo que no necesitará explicaciones supletorias. Salvo que sea muy rojo o muy mal patriota o catalán perdido, el pobre. O demasiado joven. O bien un “memo”, o un “hipócrita”, o un “loco”.

Al lector no iniciado podría resultarle extraño que la pasión hagiográfica de Cercas no remita aquí a hecho alguno, ni a talento alguno, ni a ninguna hazaña especial. Eso es porque es hagiográfica, ni más ni menos, ya que la retórica de servicios prestados trata de santos, no de héroes: el héroe hace cosas, pero el santo, en el fondo, lo es por la gracia de Dios (por esa misma gracia era Franco caudillo de España), de modo que no le es indispensable hacer cosas, solo padecerlas (como los mártires), ni tener talento alguno, solo ser elegido, o ser muy simple (o tener mucha paciencia). Al rey no se le atribuye ninguna cualidad de origen humano: todos sus esfuerzos, todos sus sacrificios, todos sus méritos, tienen su explicación en el universal, no en el individuo: se explican por su condición de rey, son simples prolongaciones de su majestad real. Así, si el rey paró el golpe del 23F porque solo él podía hacerlo, y solo él podía hacerlo porque solo él era rey, y si por ello debemos estarle agradecidos, la conclusión lógica es que debemos estarle agradecidos no porque parase el golpe sino por ser rey, esto es: le debemos gratitud tan solo por su posición y a causa de nuestra no elegida condición de súbditos. Ciertamente, como hagiografía es un poco ofensiva.

Al igual que Franco, según García Valdecasas, no escogió ponerse al frente de su Patria, sino que fue elegido por la Historia, tampoco el rey escogió esta democracia, aunque contribuyera “de manera decisiva” a instaurarla: una democracia “frágil, pobre y escasa”, que tras casi cuarenta años no ha conseguido volverse “fuerte, rica y abundante”, a pesar de que esos años han sido “los mejores de nuestra historia moderna, los de mayor libertad y prosperidad”. Ni Franco ni el rey tienen la culpa del carácter español: la santidad del segundo apenas alcanzó a impedir que nos abriéramos unos a otros en canal, pero solo eso ya puede ser considerado un milagro, habida cuenta del “ominoso conflicto civil que el mundo entero auguraba para nuestro país a la salida de la dictadura”. He aquí otra característica de la retórica de servicios prestados: su optimismo histórico es compatible con un pesimismo antropológico extremo: el santo nos da a elegir entre él o la antropofagia.

Puede ser objeto de debate cuántos lectores de García Valdecasas se reconocían en sus guiños emocionados y asentían conteniendo una lágrima, pero no parece que queden hoy día muchos de aquellos entusiastas de 1975, ni siquiera entre los franquistas. Uno lee en 2014 esas parodias involuntarias, o las muchas que pergeñaron Giménez Caballero, Pedro Laín Entralgo, José Antonio Maravall y tutti quanti, y no puede dejar de debatirse entre la sonrisa condescendiente y la carcajada liberadora: hay algo inimitablemente muerto en esas palabras fosilizadas, algo que mueve a la vergüenza o al desprecio. De un modo análogo, no es muy aventurado afirmar que el artículo de Cercas moverá a reacciones análogas en un futuro no muy lejano. Tal vez sería apropiado preguntarse cuántas adhesiones suscita en el presente.

Sin proponérselo, Javier Cercas nos ha brindado un procedimiento de decisión mucho más significativo y vinculante que un referéndum sobre monarquía o república: leer “Sin el Rey no habría democracia” y no pestañear, no sonreír ni avergonzarse sino asentir sin perder la serenidad, sería un sí inequívoco a la continuidad de los borbones y, con ellos, de todo el tinglado de la transición. Pongámoslo en práctica. Que ese sea nuestro particular Pacto de San Sebastián.


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Lo que diga la gente

2 Xunu, 2014

Asturias24 me encargó esta tarde un texto de urgencia referente a las concentraciones convocadas para exigir un referéndum sobre la forma del Estado. Puede leerse pinchando aquí.


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La revuelta de los notables

1 Xunu, 2014

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Confluyan con precaución

28 Mayu, 2014

Parece que a Podemos le va a resultar más difícil explicar cómo funciona qué cuál es su programa. Las últimas horas nos han servido un quintal de ejemplos de que un millón doscientos mil votos son demasiados como para ignorar los clichés más habituales en las discusiones políticas, no digamos ya en los medios. Acostumbrados como estamos a que las declaraciones públicas de los dirigentes de los partidos procedan formalmente de una deliberación interna (cliché: no es precisamente infrecuente que esos dirigentes declaren lo que les viene en gana, calibrando solo los equilibrios de poder de los que depende su posición), puede provocar cierta estupefacción que Jiménez Villarejo opine según qué cosas (cliché: tampoco es infrecuente que confundamos la representación política con la ideológica, como si al dar nuestro voto a un candidato para que represente nuestra voluntad le autorizáramos también a ser portavoz de nuestras opiniones). No menos acostumbrados a que los partidos sean organizaciones con carné y cuotas (cliché: es facilísimo sacarse el carné de un partido, a pesar de dar la impresión de ser clubs privados y selectos), no es menor la perplejidad que provoca ser invitado, sin más, a participar en un círculo o asamblea (cliché: no es del todo cierto que la burocracia de los partidos sea el gran obstáculo a la participación ciudadana). Pero cuidado: no es desdeñable el peso de los clichés dentro de Podemos, y es así que hemos podido recabar opiniones contrarias a una confluencia con Izquierda Unida desde el argumento del asamblearismo (como si a Izquierda Unida o a quien fuese le costara mucho aplicar el clásico método del desembarco de militantes y colonizar uno a uno los círculos de Podemos) o desde el pseudoargumento de la pureza (como si los círculos estuviesen abiertos a todos salvo a aquellos manchados por no se sabe qué impurezas). Cierto que, tanto dentro como fuera, estos ejemplos son menos que anecdóticos, pero abren más de un interrogante sobre el tipo de relación que se quiere articular entre movimiento partido e instituciones.

No es ningún secreto que el horizonte de Podemos es el de un proceso constituyente, y no es ningún misterio que en un proceso constituyente el músculo es parte del mensaje. Leer este momento en clave frentista, bajo consignas del tipo “parar a la derecha”, por muy tentador que pueda ser, ni es meritorio, ni realista. No es realista porque quedarse en construir una mayoría parlamentaria y una opción de gobierno de izquierda bloquearía cualquier posibilidad de hacer saltar el marco constitucional (aunque otra cosa es que pueda hacerse saltar ese marco sin construir esa mayoría). No es meritorio porque, como decía aquel personaje de Braveheart, no nos hemos vestido así para nada: se ha puesto en marcha algo demasiado grande como para pretender redirigirlo ahora hacia un vis a vis de mayorías y minorías.

Es inevitable que en la fase actual del movimiento (más de afluencias que de confluencias, me parece) triunfen en Podemos los discursos apofáticos, más efectivos en negar que Podemos sea esto o aquello que en definirlo con claridad y exactitud. Pero Podemos no es un incognoscible, de modo que algún paso habrá que dar hacia una clarificación colectiva, extramuros, que no requiera un curso acelerado de política spinozista. Personalmente creo que el modelo organizativo de Podemos aguantará sin demasiadas tensiones, no por su solidez, sino por su capacidad de adaptación e innovación. No obstante, habrá que prepararse para pulir algún tipo de discurso catafático, del tipo “esto es así” (un discurso que recoja la realidad efectiva, conductual, de Podemos), que evite los debates estériles, sobre todo en los medios. Las experiencias del 15M y de las CUP así lo aconsejan.


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Es texto largo

27 Mayu, 2014

Vamos poco a poco aterrizando, unos más rápido que otros, después de unas elecciones elocuentes y atípicas, y yo supongo que a estas alturas ya se habrán producido dimisiones y ceses en el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), cuyos técnicos fueron absolutamente incapaces de prever el ascenso de Podemos y las verdaderas dimensiones del declive del bipartidismo. A propósito de esta enésima cagada metedura de pata del CIS, una página web cometía hoy un lapsus muy significativo: “Los resultados comienzan a ofrecer dudas de si la mitología del CIS se adapta a las nuevas realidades sociopolíticas del país”. Seguro que el redactor quiso decir “metodología”, pero el azar o el corrector o ambos pusieron las cosas en su sitio, pues no es otra cosa que mitología lo que entorpece tanto la capacidad predictiva de las encuestas como las posibilidades reales de un cambio social en España. El caso de Podemos es un buen ejemplo, tal vez el ejemplo.

En los últimos meses he estado muy pendiente de la evolución de Podemos, al principio con más dudas que certezas, hasta implicarme finalmente, en la medida de mis posibilidades (no sin dudas, nunca sin dudas, ni en esto ni en nada), en un proyecto que empieza ahora, y no antes. Por cierto que no he podido dejar de observar cómo algunas voces entusiastas de primera hora se desinflaban a medida que avanzaba la campaña electoral, tal vez poniéndose la tirita ante una previsible herida, para regresar hoy, como si nada, a aquella efervescencia inicial. Pero dejemos eso para otro momento. Quedémonos con esas expresiones de entusiasmo y proyectémoslas donde mejor se vean para mejor analizarlas. Y la pantalla ideal para hacerlo es, a día de hoy, Izquierda Unida.

Izquierda Unida (La Izquierda Plural) ha obtenido 6 eurodiputados y un 9,99 % de los votos. En 2009 fueron 2 diputados y un 3,8 %. Eso se llama triplicar, y es un dato no solo aritmético, sino político, que nadie debería infravalorar, so pena de querer quedar a la altura de un técnico del CIS. Que entre buena parte de la militancia de Izquierda Unida y muchos de sus cuadros se haya extendido hoy una sombra de frustración, solo atenuada por la evidencia de sus buenos resultados, nos permite medir el alcance de la apuesta de Podemos (5 diputados y un 7,97 % de los votos). Nadie lo dice (o yo no lo he oído), pero en muchas miradas parece asomar un reproche dirigido no se sabe a quién: “Esto lo deberíamos haber hecho nosotros”. “Sí, pero la cara de Pablo Iglesias en las papeletas…”, amaga el superego del centralismo burocrático, intentando todavía convencerse de que la disensión es esa, solamente esa y nada menos que esa.

Sea como fuere, que tanto Willy Meyer como Cayo Lara hayan hecho un llamamiento a un “proceso de confluencia” con Podemos es un gesto importante que abre más puertas de las que cierra. Otra cosa es lo que signifique “proceso de confluencia”, y no es menos cierto que se prevén sonoras dificultades a la hora de entender cómo entenderse con algo que, en cada uno de sus movimientos, desborda tanto las ambiciones como las potencialidades de los partidos clásicos. Será complicado establecer unas reglas de juego si al menos uno de los jugadores no reconoce el tablero, y si a eso le sumamos que, en este caso, los tableros son muchos, el pronóstico es que el romance, si lo hay, será tormentoso.

No es factible, ni debería serlo, que Izquierda Unida se lance a ese proceso sin haber interpretado antes los resultados de estas elecciones, y aquí es donde la cosa puede ponerse fea. Yo tengo la convicción de que leer cualquier proceso electoral tiene más que ver con la alquimia que con las ciencias sociales, pero hasta los alquimistas tienen un método, por extravagante que este sea. ¿Qué método se seguirá para leer el 25M? ¿La cruda aritmética electoral con sus gráficos de quesitos y sus “fugas de votos”, escenario ideal para una cargante exposición de filias y fobias? ¿El nauseabundo DAFO del que siempre se extrae la lacerante conclusión de que la historia universal camina en nuestra dirección y no a la inversa? ¿O se estrenará en esta ocasión no tanto el razonamiento táctico como la inteligencia de las voluntades, esto es, dejar que el entusiasmo haga su parte y reconocer que nada entusiasma tanto a un entusiasta como dejarle expresar sus emociones?

En modo alguno se trata aquí de privarse de razones y ceder a pulsiones prerracionales. Al contrario, nada más racional que un diálogo intersubjetivo sin cerrojos burocráticos. Ahora bien, para que esas subjetividades (los militantes de Izquierda Unida, en este caso, solo a título de ejemplo) puedan dialogar, y confluir en un diálogo con otras subjetividades (las que dialogan en Podemos), deben primero poder expresarse. Y esa expresión puede ser entusiasta o no serlo, pero será tan pasional como racional, y no menos racional (y no menos pasional) que el supuestamente frío discurso del aparato y sus cauces de decisión. De nuevo habrá que reventar una mitología: la mitología de la representatividad, con todas sus figuras (consejos políticos, asambleas federales, secretarías generales) y todas sus narrativas.

Lo dijimos en su día: el 15M fue acontecimiento. El 25M no puede leerse ni entenderse sin ese acontecimiento y supone haber leído y entendido ese acontecimiento. Podemos ha hecho esa lectura, al igual que (a su manera) la han hecho Anova y Esquerda Unida o (por una vez) la izquierda soberanista asturiana. No es que Izquierda Unida se haya desentendido del acontecimiento, ni mucho menos, y tampoco ha sido la suya una mala lectura, solo una lectura incompleta. Ya es hora de que se lea el texto hasta el final.

¿Cabe esperar que otros lectores se sumen a ese reto? En principio, no parece descabellado anticipar que algo va a moverse en el subsuelo de la política española, y no solo la placa tectónica catalana. La mitología de la representatividad, si bien no ha muerto, ha empezado a mutar. No ha sido más que eso: no inflemos el 25M hasta convertirlo en otro icono castrante. Pero tampoco ha sido menos que eso, y esa frágil certidumbre justifica, creo yo, un poco de alegría. La misma que deberían sentir no solo los activistas de Podemos sino también (esto lo creo sin ambages) todos los militantes y votantes de Izquierda Unida, Anova, Compromís, Equo y tantos otros agentes y colectivos que han hecho de la resistencia un espacio de diálogo.

Hoy empieza todo.


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El lenguaje soez de las urnas

25 Mayu, 2014

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Rojos abstenerse

19 Mayu, 2014

¿Habré soñado yo que esto de Europa era importantísimo, algo así como tocar Jauja con los dedos? ¿No era Europa, hace dos días, la utopía soñada por los grandes visionarios, el reino de la paz perpetua pensado por Kant, la fértil llanura del diálogo anticipada por Habermas? ¿Cómo es que de la noche a la mañana no parece tan urgente convencer a las masas obreras y campesinas de las bondades de nuestras euroinstituciones? ¿Es que ya nadie piensa en Jean Monnet? ¿Se acabará alguna vez este horrible párrafo lleno de interrogaciones?

Al menos hoy sabemos que en las altas esferas quieren tanto a Europa como para sacrificar en su altar a millones de europeos. A los cuales, al igual que en otro tiempo se les animaba a votar e implicarse en la construcción de las pirámides comunitarias, se les intenta ahora mantener alejados de las urnas, no sea que en una de estas alguien las rompa o, peor aún, las llene de votos no deseados. Las elites quieren a Europa, pero de la misma manera que la quiso Zeus en su día: dispuestas están a raptarla y llevársela a cualquier paraíso fiscal para engendrar en ella jueces corruptos. Los europeos, mientras tanto, pueden irse a hacer gárgaras en todas sus lenguas oficiales.

También sabemos desde hace algún tiempo que, cuando alguien hace algo “de baja intensidad”, es porque no tiene fuerzas para hacerlo muy intensamente. Claro que nadie anuncia que va a echar un polvo de baja intensidad, pero aún quedan momentos en la vida en que pueden decirse cosas así: “campaña electoral de baja intensidad”, han dicho, como si hubieran querido decir: “follad con sordina”, “votad en voz baja” o, directamente, “no votéis”.

La abstención el próximo domingo batirá records, dicen las encuestas. No lo dicen mucho, porque también las encuestas han sido de baja intensidad y, además, pocas. Nadie se cree que los grandes partidos no las hayan encargado: otra cosa es que no hayan querido hacerlas públicas. ¿Por modestia? Tal vez: es fácil imaginarse a los coordinadores de campaña del PP y el PSOE pensando que mejor no hacen públicos esos sondeos que les dan una victoria abrumadora. Yo me lo creo porque creo en el código Cañete: no te gano porque luego dices que soy un abusón.

Yo votaré porque soy más o menos una persona sin matices, de papeleta fácil, demasiado mayor para pasar por hipster y demasiado joven para que me llamen de algún consejo de administración (es por la edad, estoy casi seguro), pero ustedes, gente sana, desprejuiciada y emprendedora, hagan caso a los que saben y quédense en casa. Dejen que el PP y el PSOE gobiernen la galaxia como padre e hijo. Participen de la fiesta de la democracia como ya es tradición, aplaudiendo el Sabadell-Tenerife o el evento deportivo que más les plazca, sin moverse de sus sofás o de sus bares, en familia, entre amigos, compartiendo en Facebook citas falsas de Gandhi o guasapeando atardeceres fotografiados con Instagram. Pongan su granito de arena en la conservación de esta Europa de baja intensidad con sus concertinas de alta intensidad y sus minijobs de intensidad variable. Permitan que en los euros figure, junto al rostro de Europa, el lema de los nuevos europeos: rojos, abstenerse.


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L’efectu boomerang

18 Mayu, 2014

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Con Pablo Iglesias en Saigón

13 Mayu, 2014

Kilgore: ¿Hueles eso? ¿Lo hueles, muchacho?

Soldado: ¿Qué es?

Kilgore: Napalm, hijo; nada en el mundo huele así. Me encanta el olor del napalm por la mañana. Una vez durante doce horas bombardeamos una colina y cuando acabó todo, subí. No encontramos ni un cadáver de esos chinos de mierda. Qué pestazo el de la gasolina quemada. Aquella colina olía a… a victoria.

Me encanta el olor a carteles recién encolados por la mañana. Claro que no sé muy bien por qué, pues, a diferencia de lo que le sucedía al teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now!, en mi caso ese pestazo a campaña electoral no me trae a la memoria ninguna victoria. En todo caso, es el olor de la derrota, una y otra vez. Quizá porque me ha tocado ser uno de esos chinos de mierda y no un oficial enloquecido del noveno de caballería.

No lo olvidemos: la guerra de Vietnam la ganaron los chinos de mierda. En nuestro caso, está por saber cómo vamos a ganar, pero perseveramos. Vamos a votar con la nariz tapada, y no por el napalm, ni por la cola de los carteles. Depositamos un voto derrotado de antemano, pues no es ese el programa electoral que nos gustaría, no es ese el proceso de decisión en que creemos, y desde luego no confiamos en contar con un ejército mínimamente preparado a pesar de creernos poseedores de la razón y la altura moral necesarias para una victoria holgada. Es muy poca pasión la que ponemos en esas operaciones militares. Así no se gana una guerra. Pero perseveramos. Cogemos una papeleta y perseveramos.

Willard: ¿Quién está al mando aquí?

Soldado: ¿No es usted?

Alguien tiene que ponerse al frente de un proyecto político, no para liderarlo (nos sobran líderes y candidatos a líderes, podríamos regalar media docena con cada voto de izquierdas) sino para representarlo. Para ejemplificarlo, ponerlo en escena, hacerlo reconocible. Ser el rostro de, ponerle cara a. Transmitir toda la credibilidad que han perdido las siglas y han enterrado las retóricas.

No me cambiaría por Pablo Iglesias por nada del mundo. Ha prestado su rostro, su trayectoria y su nombre a un proyecto político completamente nuevo, Podemos, dando la cara probablemente para que se la rompan, y arriesgando su credibilidad y su carrera sin ninguna garantía de éxito. Reconozcámosle el valor. Reconozcámosle también sus habilidades, que son muchas: habla bien, es fotogénico, domina los recursos expresivos del medio audiovisual, y encima sabe de lo que habla. ¿Ya se ha ganado con eso nuestra admiración? Todavía no. Para empezar, su proyecto no encaja con nuestra idea (el plural es más simbólico que numérico, más intensional que extensional, pero sigamos) de cómo se conquista el poder: acostumbrados a pensar en colectivo, no sabemos qué hacer con las personalidades individuales, y hasta creemos a veces que cuidar la imagen de un candidato es hacerle el juego al sistema, de ahí nuestra insistencia en apostar por candidatos con ojeras intercambiables, incapaces de sonreír y amantes de las oraciones subordinadas. Además, resulta que, por fin, su apuesta es arriesgada, pero no solo para él: para todos nosotros. No está dispuesto a esperar sesenta años para conseguir darle un vuelco al sistema. Lo quiere ahora. ¿Se cree Jim Morrison? Y por si fuera poco está el asunto de las primarias: ¿más de cien candidatos para elegir al cabeza de lista? ¿Estamos locos o qué? ¿Vamos a aceptar a estas alturas que el pueblo es plural y que no hay democracia sin acogerse a la voluntad de esa pluralidad?

Willard: Acusar a alguien de asesinato en este lugar, es como poner multas por exceso de velocidad en la carrera de Indianápolis.

La irrupción de Pablo Iglesias en la oferta electoral supuso un pequeño escándalo en el que no faltaron el estupor, el entusiasmo, el desprecio, la burla y el ataque furibundo. Particularmente entre muchos simpatizantes de Izquierda Unida, sector nariz tapada (mis compañeros de sector, para decirlo todo), se extendió una indignación más bien subida de tono, como si alguien se hubiera atrevido a hacer lo que siempre quisimos que se hiciera pero nadie se atrevió a intentar: plantear un cambio de régimen, una alternativa democrática al discurso transicional, no tanto desde la consigna o la memoria histórica como desde el deber cívico de darle la palabra al pueblo. El estupor es contagioso, pero tiene raíces muy finas: hasta ahora decíamos “pueblo” y no sabíamos quién era el pueblo, y por eso nos resultaba tan sencillo reírnos del pueblo como de una abstracción de épocas remotas o un cliché del folklore albanés de los tiempos de Enver Hoxha. Ahora hay que volver a ponerle cara al pueblo, y el pueblo es plural, refractario a los retratos de grupo y alérgico a los flashmobs de los partidos tradicionales (los cuales, por otra parte, siguen siendo necesarios, pero hay que devolverlos a su condición de instrumentos, retirarles su actual posición de directores de orquesta). Para aquellos que siempre creímos en una izquierda democrática, popular, que aceptábamos a regañadientes la única versión descafeinada que los medios podían digerir, Podemos no puede ser una mala noticia, en absoluto. Y lo cierto es que razones en contra no encontramos demasiadas, por no decir ninguna (una vez eliminamos de la lista de razones lo que no son sino expresiones de legítima desconfianza ante lo nuevo o manifestaciones de un miedo inconfesable a dar un paso adelante o prejuicios estéticos, que si la coleta, que si el lumpen, que si la música en Pravia). Yo, al menos, he estado esperando con verdadera impaciencia una sola crítica fundada, sólida y bien argumentada, contra Podemos. No la he encontrado. También he estado esperando a que Izquierda Unida respondiera al brindis de Podemos y se sumara a lo que (eso creo) constituye el deseo de la mayoría de sus propios militantes y simpatizantes: una revolución democrática. No lo ha hecho.

Willard: Yo quería una misión, y por mis pecados me dieron una. 

No soy muy amigo de las elegías y tampoco de los gregarismos: no estoy por la labor de entronizar a nadie a estas alturas, por muchos que sean sus méritos (del mismo modo que, ya puestos, demonizar solo lo justo y cuando queda tiempo libre, que no es mucho), y tampoco me parece prudente despreciar por la de buenas el buen hacer de estos o aquellos solo por no ser los míos (ya puestos, ¿quiénes son los míos, los nuestros, los de alguien?). Pero nadie me pide que me case con Pablo Iglesias, y es seguro que celebraré, si lo hay, el tan ansiado ascenso electoral de Izquierda Unida, del mismo modo que me alegraré por los resultados de Equo, Compromís y tantos otros defensores de lo público en cuyas filas milita lo mejor de esta sociedad que nos ha tocado heredar. Pero votaré a Podemos y le agradeceré a Pablo Iglesias el haberse arriesgado a cumplir un deber que no era el suyo sino el de otros: el de todos aquellos en quienes confiamos nuestro voto estos últimos años.

Queríamos una misión, y por nuestros pecados nos dieron una. Dejemos de fruncir el ceño como si esto no fuera con nosotros.


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Por un materialismo histórico de bajo consumo

11 Mayu, 2014

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Cuando abusas del rebujito

9 Mayu, 2014

No tengo por costumbre responder públicamente a articulistas, columnistas y otros agentes del oficio, y mucho menos voy a hacerlo en un medio con el que colaboro como es Asturias24. Ahora bien, el último texto que ha publicado Pablo García Guerrero en este diario digital me concierne tanto en lo personal como en lo profesional y, aunque me da mucha pereza, me siento en la obligación de decir aquí cuatro cosas.

Para empezar, y para quitarnos de encima una polémica estéril que aún no ha surgido pero podría surgir, apuntaré que no me parece correcto hacer responsable al diario de lo que uno de sus colaboradores diga en una columna de opinión. A Asturias24 podrán hacérsele, como a casi todos los medios, muchas críticas, y en este sentido puede ser prudente señalar que deberíamos, yo el primero, pedirle un mayor respeto no tanto hacia la cultura asturiana como hacia la pluralidad lingüística asturiana. Pero no seré yo quien exija a un periódico que censure o regañe a un colaborador suyo, por muy bajo que sea el nivel de este o por muy insultantes que sean sus opiniones. Al menos (maticemos), mientras no haga explícito un apoyo sistemático a esas opiniones.

Ahora bien, una cosa es el medio y otra el articulista, y si el primero no es responsable directo, el segundo no es otra cosa: cada articulista es responsable de lo que firma y tiene que atenerse a las consecuencias, esto es, a que se le interrogue y se le examine, pues esos son los riesgos y los compromisos de opinar públicamente. Riesgos y compromisos que yo asumo.

En su artículo “Andaluces, al gulag”, Pablo García Guerrero se despacha a gusto con sus demonios interiores. Sin pararse (para qué) a pensar si las administraciones públicas asturianas deben fomentar las ferias de abril (pues ese es el tema, o la excusa, de su panfleto), pisa a fondo y arremete contra todo dios que en esta fértil, próspera e insolidaria tierra (modo ironía, claro, como espero que sea el suyo al escribir eso de “”Piloña, feudo del más obrerista de los socialismos”) haya hecho algo, lo que sea, por no disimular su condición de asturiano. De asturiano, ojo, no de asturiana: uno de los atractivos de las ferias de abril para este autor consiste en la posibilidad de contemplar culos, se entiende que femeninos (hay alusiones a una foto en la que sale precisamente eso) y desde una mirada heterosexual y un tanto landista. Pero allá él con sus cuitas de género. Aquí el enemigo es otro.

El enemigo, por lo visto, son casi todos: no solo quienes muestran su rechazo a las ferias de abril, sino también todos los “comentaristas de nombres tradicionales como Ánxelu o Xosé Nel”, quienes profieren “las críticas sanguinolentas que esputa nuestro asturianismo” y padecen “un sentimiento de superioridad que alterna entre lo racial, lo cultural, lo económico o lo político”. Yo no sé si he practicado alguna crítica sanguinolenta, y en cuanto a mis sentimientos de superioridad, que los tengo, son como el racismo de Homer Simpson: no discriminan a nadie por su color de piel. Pero como no tengo la menor duda de que se me incluye en el lote, y no solo por lo del nombre tradicional (será que “Pablo” es un nombre vanguardista, oye), no dejo de picarme aunque solo sea un poco.

Si hay un truco retórico especialmente zafio y típico de mentes retorcidas, es el llamado “efecto dominó”. Funciona así: empiezas criticando o burlándote de un punto de vista evidentemente tosco e indefendible, y vas sumándole un número cada vez mayor de objetivos por el simple procedimiento de la contigüidad, hasta que al final, por el mismo precio, has conseguido desprestigiar a un adversario mucho más poderoso sin tomarte la molestia de dar argumentos. Así García Guerrero: partiendo de una minipolémica en Twitter (lo de “mini” lo dice él: “FlamenquismuYeColonialismu, brama en Twitter con nulo éxito el Pravy Sektor asturianista”) llegamos a una enmienda a la totalidad del llamado (qué cruz) “asturianismo”, culpable todo él de inclinaciones xenófobas, totalitarias y claramente nazis (y foristas, de paso, no vayamos a perder la ocasión de identificar asturianismo y Foro, que no hay tantas, cada vez menos).

Todo ello en un tono innecesariamente bronco, chulesco, muy típico de un articulista pródigo en perlas como esta. Es su estilo, está en su derecho. Como yo lo estoy en el mío de considerar que “Andaluces, al gulag” tiene tanto de honesto como de inteligente: es de una indigencia intelectual que da rubor, y el mejor favor que yo podría hacerle a García Guerrero, si fuésemos amigos, sería correr un velo de hormigón armado sobre este patinazo, hacer como que no ocurrió y pensar que pudo ser una mala digestión, un desengaño amoroso o que abusó del rebujito. Pero no somos amigos, ni se me ocurre cómo justificar semejante colección de impertinencias y falsedades, ni me apetece francamente ponérselo fácil para salir del apuro, aunque me gustaría que al menos lo intentara.


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