La radio interior

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Blog de Xandru Fernández
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Aquella modélica radiación

fai 7 hores 27 min

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Nun ye l’amestáu, arbeyos

7 Febreru, 2016

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El cuento homónimo

4 Febreru, 2016

“La radio interior” es el título de uno de los relatos incluidos en mi libro Entierros de xente famoso. Ahora, la revista The Barcelona Review lo publica en castellano, incluyendo también la versión original en asturiano.

Aquí, uno de los (muchos) temas musicales que podrían estar en la hipotética banda sonora de este cuento.


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La semana de los muertos vivientes

1 Febreru, 2016

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Expediente Iglesias

25 Xineru, 2016

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Muertos sin sepultura

17 Xineru, 2016

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Absolute Orphans

11 Xineru, 2016

Cosas que nunca dije sobre David Bowie y que preferiría no tener que decir. En Acordes Modernos.


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La quema

4 Xineru, 2016

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La gaseosa de los campeones

21 Avientu, 2015

Lectura de los resultados electorales en Asturias24. Pinchando aquí.


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Déjala que caiga

20 Avientu, 2015
BANQUO: Habrá lluvia esta noche. SEYTON: Déjala que caiga. Shakespeare, Macbeth, Acto III, Escena 3

Llegó el gran día. El que se anunciaba como si fuese el fin de una era. El meteorito que acabaría con la hegemonía de los dinosaurios. El íncipit del proceso constituyente. El día D. La caída de Constantinopla.

El relato era verosímil hasta que la trama griega nos dejó en punto muerto. Desde entonces, a algunos aún se nos notan los efectos de esa ducha de agua fría con la que, confesémoslo, no contábamos: si la urna griega de Keats era la “inviolada novia del reposo”, las urnas del referéndum del 5 de julio no solo fueron violadas, sino también privatizadas. “Aquí como en Grecia”, decíamos no hace tanto. Dicho y hecho: aquí, como en Grecia, ya no parece que hoy vaya a ser el día de desbordar nada, de subvertir nada, y mucho menos cuando algunos de aquellos a quienes habíamos investido para ponerle cara al cambio decidieron que el cóctel aún andaba escaso de peronismo y generales de la OTAN. Aquí, ni referéndum.

Como era de esperar, hoy ganarán las clases medias, y ya veremos quién decide el IBEX 35 que gobierne y por cuánto tiempo. No parece probable que esta noche vayamos a celebrar la nacionalización de las eléctricas, la paralización de los desahucios, la derogación de los acuerdos con la Santa Sede y la huida de los reyes a Estoril.

Naturalmente, no era una posibilidad remota. Y ya sabíamos que las probabilidades de que esto acabara así eran muy elevadas, incluso antes de que Syriza empezara a privatizar aeropuertos y Pablo Iglesias a acudir a funerales de Estado. Tal vez nos hayamos pasado de ilusos, pero no tanto como para echarnos a llorar ante el primer proceso constituyente que se nos va al carajo. Porque esto que llevo escrito no es todo el relato: aunque nada cambie hoy, todo ha cambiado ya. Y si esta noche no llegamos a celebrar el triunfo de la sensatez, estoy convencido de que, al menos, podremos brindar por el fracaso de la desfachatez.

Durante cuatro años y un día, un gobierno mediocre, compuesto en su mayor parte por integristas cristianos y, en su totalidad, por naderías integrales, ha aprovechado la insólita circunstancia de contar con mayoría absoluta para cercenar derechos fundamentales, inmiscuyéndose en asuntos tan graves como la salud o la atención a las necesidades básicas de la gente más pobre, relegando a las mujeres a un papel secundario y subordinado, utilizando su influencia sobre los medios de comunicación para exacerbar las tensiones territoriales, asesinando inmigrantes en las fronteras, desviando fondos públicos a bolsillos privados, afianzando la tutela eclesiástica sobre el sistema educativo, precarizando y destruyendo empleos y laminando la investigación científica, por mencionar solo lo anecdótico. Para ello ha contado con la connivencia no solo de los más de diez millones de votantes que quisieron que esto fuese así, sino también del “principal partido de la oposición”, como dicen los medios, instigador en agosto de 2011 de una reforma constitucional que ponía nuestra salud y nuestro bienestar al servicio de la cuenta de resultados de la banca.

Nos han tomado el pelo durante cuatro años, riéndosenos en las barbas, haciéndose selfies y todo mientras se cachondeaban de las familias desahuciadas, de las personas dependientes a las que abandonaban a su magra suerte, de una clase trabajadora abocada a una economía de subsistencia y de una clase media paralizada ante el recibo de la luz. Con todo, se han reído cada vez con menos convicción, superados por sucesivas oleadas de movilizaciones que provenían de aquel 15 de mayo de 2011 y que fueron cristalizando en dispositivos novedosos y eficaces. Salvo alguna cosa: ni los grandes sindicatos han estado a la altura de las exigencias, ni las mareas ciudadanas han logrado parar el desprestigio del movimiento sindical, y eso es algo que pagaremos, sin duda, si no le echamos fontanería con urgencia.

Muchas expectativas puestas en las elecciones de hoy se verán irremediablemente defraudadas: es lo que ocurre cuando uno espera que las personas cambien de la noche a la mañana, sobreponiéndose a sus hábitos antiguos y recientes, haciendo tabla rasa de sus comportamientos pasados, tanto los electorales como los otros. No, esos cambios son lentos y hay cosas que no pueden esperar: si uno aspira a un vuelco electoral, debe partir de lo que hay, y no ha habido mutaciones prodigiosas. Como la izquierda, en general, lleva decenios instalada en las antípodas del principio de realidad, es normal que el baño de masas produzca monstruos y se confunda (confundamos: no me excluyo) el pragmatismo con la indecencia, el entusiasmo con el triunfalismo, la lealtad con la adulación y el mérito con la gazmoñería. Es una pena, pero “entre la pena y la nada, elijo la pena”, escribió Faulkner, y así va uno a votar, con pena, depositando en una urna cada vez más griega una papeleta que, francamente, da un poco de pena, pero es eso o la nada, eso o resignarse a otro gobierno de naderías absolutas.

Si un niño está habituado a hacer su santa voluntad, de capricho en capricho, no podemos exigirle que de pronto se comporte con modales victorianos, tendremos que conformarnos con pequeños avances, con progresos a escala, y si una sociedad infantilizada lleva treinta años votando Pepsi o Coca-Cola, es absurdo esperar que de repente vaya a optar por abolir la monarquía o por instaurar la renta básica universal. Aun así, sería un mérito colectivo haber mandado al bipartidismo a las cloacas de la historia. No por eso va uno a conformarse: puede que hoy nos vayamos a la cama con una sonrisa de alivio por haber conseguido que el niño recoja sus juguetes, pero no renunciamos a verlo convertido en el niño mejor educado del mundo. Si nos rendimos, mañana volverá a tenerlo todo hecho un asco y le echaremos la culpa a la tele, a las malas compañías o a la herencia recibida. Pero la culpa será solo y exclusivamente nuestra.

[Artículo publicado en Asturias24.]


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Ciudadanu Sánchez

15 Avientu, 2015

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Actos de habla

7 Avientu, 2015

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Por caridá

29 Payares, 2015

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Lo que sabe un caracol

22 Payares, 2015

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Nómada

15 Payares, 2015

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La viga transversal

9 Payares, 2015

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Vuelven los ochenta

5 Payares, 2015

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El sabor de la alfalfa

25 Ochobre, 2015

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El sabor de la alfalfa

25 Ochobre, 2015

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Los divinos detalles

21 Ochobre, 2015

Portada-The-Horror

The Horror! The Horror! Variaciones sobre Apocalypse Now está dedicado a la memoria de Santiago González Escudero. Es significativo que un libro sobre un filme de Francis Ford Coppola no mencione ni una sola vez a Francis Ford Coppola y, en cambio, el primer nombre propio que leemos en él sea el de Santiago González Escudero. Tal vez sea solo significativo para el autor y para mí, y para media docena de personas más, pero si uno se empeña en buscar la llamada piedra angular de un texto, ya sea fílmico o literario, no debería extrañarse de encontrarla en un detalle aparentemente menor, tal como advertía la tradición bíblica (Mateo 21, 42).

Santiago González Escudero, fallecido en 2008, fue profesor de filosofía y especialista en el mundo griego, y también el director de la tesis doctoral de Vicente Domínguez: “Evémero de Mesene: fundamento cósmico-político de la creencia religiosa en la divinidad de los dioses y sus implicaciones filosóficas” (publicada en 1994 con el título Los dioses de la ruta del incienso). Fundamentalmente, fue un amigo y un maestro. En cierta ocasión (permítaseme una breve digresión autobiográfica), durante un curso de doctorado, nos hizo leer un texto sin firmar y nos instó a que tratáramos de averiguar quién era su autor. Naturalmente, no se trataba de adivinar, sino de deducir, guiándonos exclusivamente por las señales dispersas en el texto en cuestión. Me llevó cerca de un cuarto de hora argumentar por qué, en mi opinión, el autor del texto era Aristóteles. La respuesta del maestro fue tan lacónica como contundente: “Llevas razón en todo salvo en un pequeño detalle: el texto es de Cicerón”. No se me ha olvidado el énfasis peculiar con que pronunció “pequeño detalle”, pues efectivamente aquel era un detalle pequeño: la estructura del texto la había construido Aristóteles, independientemente de que no se hubiera tomado la molestia de escribirlo: la configuración inequívocamente aristotélica del milieu intelectual en que había trabajado Cicerón era lo que buscábamos y tratábamos de reconstruir en aquellos ejercicios. Por aquel entonces uno no había leído aún a Fredric Jameson, pero fue inevitable, tiempo después, reconocer en la noción de “inconsciente político” de Jameson un eco de aquellas lecciones.

Si hubiese de resumir de qué manera Santiago González Escudero nos enseñó a leer, me quedaría con tres elementos fundamentales. De entrada, pulcritud y precisión en el uso del lenguaje: ninguna lengua merece que la maltraten. A continuación, frontal rechazo de la fantasía hermenéutica de la semiosis ilimitada (que no infinita: siempre cabe una nueva interpretación): jamás cortes el lazo entre la interpretación y el texto, so pena de quedarte haciendo el hermeneuta en el espacio exterior, sin nada que decir y con más bien poco que pensar. Por último, consciencia de que todo texto, fílmico o literario, es un objeto político, vale decir cultural, y que la reconstrucción de su sentido nos dice tanto del espacio político que lo alumbró como del nuestro propio en tanto que intérpretes.

El libro de Vicente Domínguez es una lectura (una interpretación) de Apocalypse Now!, en el mismo sentido en que Apocalypse Now! es lectura (interpretación) de otro texto (y en el mismo sentido en que el De officiis de Cicerón es una interpretación de la obra de Panecio de Rodas pero también una relectura del clima moral y político post aristotélico). La identificación del texto que Apocalypse Now! interpreta es una de las líneas de fuerza de la propia interpretación de Vicente Domínguez, aunque acertadamente se nos muestra que, más que un texto, es una pluralidad de textos (signos, hechos, interpretaciones) lo que está en la base del filme de Coppola y a lo que el filme de Coppola apunta como a una bóveda en la que proyectarse. La consecuencia inmediata de esa identificación plural del objeto de discurso es modificar, correlativamente, el propio objeto de discurso: The Horror! The Horror! ya no trata en exclusiva sobre Apocalypse Now!, sino también, y no de forma accesoria, sobre todas sus posibles fuentes, piezas o teselas (ya sea el filme un río, un puzle o un mosaico, respectivamente). Así, pues, que una investigación sobre Apocalypse Now! incluya un exhaustivo análisis de las condiciones de vida en el Congo belga a finales del siglo XIX, no es consecuencia de que el filme de Coppola se inspire vagamente en El corazón de las tinieblas, de Conrad, sino de que la frontera entre el libro de Conrad y el filme de Coppola se diluye hasta el punto de que The Horror! The Horror! trata a la vez de ambas obras y de sus respectivos escenarios geográficos, históricos y culturales.

Nunca sabremos quién fue Evémero de Mesene. No, al menos, en el mismo sentido con que decimos saber quién es Vicente Domínguez. Nuestra experiencia del pasado es siempre una experiencia del presente, en la cual medimos nuestras fuerzas con un texto (con una película) pero nunca con su autor o con el continuum histórico-cultural en que se gestó. Por eso, tampoco cabe el recurso a suponer, ingenuamente, que ninguna lectura de Apocalypse Now! vaya a mostrarnos el texto real oculto en la película. Ese sentido cifrado, escondido, es reconstruido sistemáticamente con cada experiencia, con cada interpretación. El sentido de un objeto cultural se parece al océano de plasma de Solaris, arrojando una y otra vez entidades ficticias ante nuestros ojos, de modo que la interacción con cada una de ellas altera por completo la imagen global que teníamos de él (y de nosotros) hasta entonces. De hecho, este The Horror! The Horror! habría sido muy diferente de haber sido escrito antes de que Coppola incorporase, en Apocalypse Now! Redux (2001), las secuencias de la plantación francesa, en las cuales, como en Solaris, un océano de niebla vomita sobre nuestro recuerdo del filme nuevos personajes, entre ellos el de la única mujer con un papel en el mismo.

The Horror! The Horror!, al igual que Apocalypse Now!, es un libro circular, que arranca con una reflexión (de D.H. Lawrence) sobre el apocalipsis y, después de atravesar casi todo el siglo XX, fondeando en las luchas raciales de los Estados Unidos, desmenuzando la cultura hippie de los años sesenta y analizando la importancia del napalm en la Segunda Guerra Mundial, vuelve al punto de partida, sin ignorar que la aventura, como el filme, comienza otra vez. Así como, según Lawrence, “un libro vive en la medida en que se mantiene insondable”, también Apocalypse Now! se ofrece a lecturas infinitas (que no ilimitadas) que nunca lo agotan como fuente de sentidos. Cada detalle de la película genera un proceso autónomo de reconstrucción que es, en sí mismo, placentero: se deja acariciar. Al comienzo de The Horror! The Horror! figura una cita de Vladimir Nabokov: “Acariciar los detalles… ¡Los divinos detalles!”.  Se nos recuerda, pocas páginas después, cómo Nabokov discutía, en sus clases, esos divinos detalles, animando a sus alumnos a recrearse en ellos, no en las ideas generales. También, modestamente, es esta una reseña circular, que comenzaba evocando otras clases, con otro profesor, no menos propenso a discutir detalles, fuesen grandes o pequeños. En ese taller se gestó este libro.

“Nunca confrontamos un texto de manera realmente inmediata, en todo su frescor como cosa-en-sí”, escribe Fredric Jameson. “Antes bien los textos llegan ante nosotros como lo siempre-ya-leído; los aprehendemos a través de capas sedimentadas de interpretaciones previas”. Bucear a través de esas capas interpretativas acumuladas sobre Apocalypse Now! es tejer, de un modo inequívocamente nuevo, una nueva experiencia textual (cinematográfica), empleando el tiempo preciso con cada detalle. Pero esa labor de despiece, de análisis factorial de las muchas señales desperdigadas por el filme, requiere un pulso firme, entrenado en la práctica con fragmentos deturpados de textos escritos en una lengua muerta. Es evidente que ese entrenamiento requiere, a su vez, un maestro. Y es, para mí, más que evidente que ese maestro se merecía este homenaje.


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