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Blog de Xandru Fernández
Updated: fae 6 hores 19 min

Los toreros muertos

17 Xunetu, 2016

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.


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Nuestro Cuarto Estado

13 Xunetu, 2016

Parece que avanzan hacia la luz desde el interior de una caverna, pero ese fondo sombrío es un espacio abierto, verde y casi salvaje: Naturaleza en estado puro, solo que en penumbra. ¿No es extraño? Casi podríamos medir en siglos el tiempo que llevan los pintores transitando de la ciudad al campo, del bodegón a la fronda, y estos tipos, en cambio, lo hacen al revés: dejan atrás los verdes pastos en los que triscarían tan campantes no solo las cabras sino el mismo Claude Lorrain en pleno furor báquico; se visten con lo que aparentemente son sus mejores galas pero que, así y todo, el espectador burgués de 1901 aún consideraría ropajes poco apropiados para figurar en una pintura de ese tamaño (293 x 545 cm); y con ese semblante que solemos calificar de adusto (y algún día comprobaremos en el diccionario si lo es o no) pero que más parece un no semblante, el rostro sin estrenar de una multitud de iguales, caminan hacia nosotros, hacia la luz que irradia desde nuestra condición de observadores, más de un siglo después desde que Giuseppe Pellizza da Volpedo determinara que así serían los integrantes del Cuarto Estado, el Pueblo, la Clase Trabajadora. Los que dejan atrás las servidumbres del campo y vienen a enrolarse en el ejército del proletariado urbano. O tal vez los que ni desean ni se proponen dejar de ser campesinos, jornaleros, braceros, sino más bien dignificar su condición de campesinos, de jornaleros, de braceros, y deponen por un día sus aperos y se cruzan de brazos exigiendo lo que, a juzgar por lo convencionalmente adusto de ese semblante multitudinario, no puede ser sino Justicia.

Pardos, marrones, grises. El colorido no abunda. Se diría que al dejar atrás ese paraíso natural de verdes nubarrones han ingresado en una uniformidad cromática y gestual, también sexual o casi: apenas hay mujeres en esa escena, apenas niños o niñas, y muy pocas personas jóvenes. Esas excepciones de sexo y edad van descalzas. Esos pies desnudos parecen hablar, nos dicen que los zapatos son un bien costoso, el privilegio de quien puede pagárselos y calzárselos cuando tiene la oportunidad (un día en la vida) de no estropearlos pisando terrones, barro, maleza, estiércol, todo aquello que uno no pisa con sus zapatos nuevos porque tienen que durar, un buen par de zapatos es para toda la vida. Así sabemos que si ellos van calzados es porque se dirigen a algún lugar donde podrán exhibir esos zapatos con orgullo, mientras que ellas, las mujeres, al igual que los jóvenes, parece que no importe que vayan descalzas puesto que ni siquiera se espera de ellas que vayan a ninguna parte.

Siempre me ha intrigado la mujer con el niño, en primer plano, esa que se dirige a la figura central con un gesto que parece suplicante mientras esa figura central, ese hombre del sombrero y la chaqueta al hombro, no da la menor muestra de haberla visto, de estar oyéndola, ni siquiera en el caso de que, en lugar de suplicarle, en lugar de tratar de disuadir a ese hombre, lo que esa mujer esté haciendo sea, al contrario, alentarle. ¿Camina ese hombre por ella, o contra ella? ¿Camina a pesar de ella, o por su causa? De todas las preguntas retóricas que suscita esa pintura, y de las no retóricas, la que más me interesa tiene que ver con la función de esa mujer en el cuadro: ¿no estaría hoy, más de un siglo después, en el centro de la composición esa mujer, y no el hombre? ¿Podemos imaginar un Cuarto Estado del siglo XXI que no sea intrínsecamente femenino?

Acertó Bernardo Bertolucci al elegir El Cuarto Estado como icono de su ya de por sí icónico Novecento. Esos trabajadores son multitud pero también identidad: son clase. Cada uno de ellos un ejemplar del género / la clase / el conjunto. Intercambiables, en ellos se realiza la conversión de lo cuantitativo en lo cualitativo, para la cual no hay marcha atrás: uno no vuelve a tener un rostro propio después de haber adoptado el de la multitud. Así lo comprendió también Alan Moore al cubrir el rostro del héroe de V de Vendetta con la máscara de Guy Fawkes: el efecto multiplicador de esa máscara sobre la multitud que planta cara a la policía al final de la película de James McTeigue (no así en la novela gráfica original) no es, sin más, el de infundir pavor sino, antes bien, el de superponer una nueva identidad, ni individual ni colectiva sino genérica. No es de extrañar que esa muralla de Fawkes se haya convertido en referencia iconográfica de la ola de protestas de los últimos años, igual que la muralla de trabajadores de Pellizza da Volpedo cumplió esa función en tiempos no tan lejanos pero ya no coetáneos. La multitud de Pellizza ya no es nuestra, aunque siga habitando el inconsciente mitológico de una parte de la izquierda política y sociológica.

No ha muerto la clase obrera: se ha cambiado de ropa. Ha dejado de tener ese rostro uniforme, cariacontecido, el semblante adusto (lo he mirado: que es excesivamente rígido, áspero y desapacible en el trato) de un pater familias con conciencia histórica. No es mal sustituto esa máscara blanca, circense, en la que pueden confluir identidades diversas con sus diversas lenguas, sexualidades, pigmentaciones y destrezas. Ahora, hablar de clase obrera en los términos de Pellizza da Volpedo, teniendo en mente esa pintura y no los talleres brasileños de Inditex o las motos agónicas de TelePizza, es algo parecido a utilizar el telégrafo para dar un aviso urgente: menos y más que obsoleto: una boutade.

Recientemente he visto El Cuarto Estado luciendo como fondo de pantalla en el ordenador del presidente socialista asturiano, Javier Fernández. Sosteniendo esa pantalla, a modo de plinto, se hallaba el Diccionariu de la Llingua Asturiana, cumpliendo así el cometido que uno da a los libros que no piensa abrir jamás. La imagen me pareció excesivamente elocuente, tanto que parecía obedecer a un cálculo preciso, a una intención provocadora. Ignoro si hubo tal cosa y no me importa demasiado: en su conjunto, esa imagen ilustra la noción de clase trabajadora que poseen ciertos personajes poderosos que se dicen de izquierdas, a saber, un icono puramente ornamental y, además (así lo atestigua el diccionario yacente), privado de voz y de palabras. Como si hubiésemos vuelto a la casilla de salida y necesitáramos, después de todo un siglo, que Pellizza da Volpedo, o alguien como él, nos pintara de nuevo.

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[Publicado en A Quemarropa, 11 de julio de 2016.]


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Pedagoxía institucional

11 Xunetu, 2016

Artículu de güei pa La Voz de Asturias, equí.


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El Ojo Vago, en la Semana Negra

9 Xunetu, 2016

La Semana Negra de Xixón es una ciudad dentro de la ciudad, de modo que si el próximo lunes, 11 de julio, presentamos allí El ojo vago no es exactamente una repetición, sino más bien una reescritura.

Será a las 21 horas, en el Espacio A Quemarropa, y estará Ignacio del Valle a los mandos de la aeronave.


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Cosas que hacer con los dientes cuando aún no has muerto

4 Xunetu, 2016

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.


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El Ojo Vago, en Madrid

1 Xunetu, 2016

El sábado 2 de julio, a las 13 horas, estaremos con Luisgé Martín presentando El ojo vago en la librería Traficantes de Sueños. A las 13 horas.


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No ha sido el señor D’Hondt

27 Xunu, 2016

El Partido Popular ha vuelto a ganar las elecciones. Era difícil otro resultado sin que mediara una catástrofe biológica, tipo peste bubónica: una sociedad no cambia tanto en seis meses. Igual de previsible era que los demás partidos mantuviesen su cuota de poder, salvo Ciudadanos. (Hay algo en Ciudadanos que se impugna a sí mismo, igual que lo había en UPyD, y ese es ahora mismo uno de los asuntos que más me intriga de la política española, pero no es de eso de lo que tratan estas líneas. Cada cosa a su tiempo.)

Estas líneas tratan del resultado de Unidos Podemos, de su relación con el electorado del PSOE y con la evolución de Podemos desde su creación hace dos años y medio. Y no pretendo disfrazarlas con retórica pseudocientífica (las ciencias sociales, para quien las trabaja): es personal, no son negocios.

Los resultados de Podemos en las elecciones del 20D fueron los que cabía esperar en un contexto de renovación generacional de las elites políticas españolas. Ni más ni menos. Podrían (deberían) haber sido otra cosa, pero se quedaron en eso. Ya era un paso adelante con respecto al panorama del que salíamos, a saber, una gerontocracia turnista hábilmente manejada por los poderes económicos, tanto dentro de la legalidad como fuera de ella. Pero era insuficiente, y no en virtud de deseos ultraizquierdistas o nostalgias de la marginalidad, como se ha venido repitiendo con absurda insistencia desde las cúpulas de Podemos. Era insuficiente porque el llamado “régimen del 78” posee suficiente combustible para aguantar así otros diez años, e incluso más. Una impugnación sistemática de su pilar más débil, a saber, la monarquía, podría haberlo hecho caer. Cierto que hacía falta pulir el instrumento, transformar aquel Podemos embrionario de la primavera de 2014 en una “maquinaria de guerra electoral”. Nada que objetar. El problema es no haber sabido leer que lo que convirtió a Podemos en una amenaza para el bipartidismo era justamente lo que podía suministrar las piezas de esa maquinaria. Y entre esos factores me gustaría destacar tres: la horizontalidad, la transversalidad y la diversidad.

Horizontalidad. Desde mayo de 2011, la celebración de primarias abiertas en los partidos políticos para la confección de listas electorales, y para la elección de cargos orgánicos, fue una reclamación que desbordó los foros de debate del 15M. Podemos la adoptó en sus inicios, pero paulatinamente fue convirtiendo esas primarias en un foco de turbulencias. Es comprensible que se intentara reglamentar aquel caos primigenio, pero es incomprensible que, al hacerlo, se eliminara uno de los rasgos que hacían a Podemos diferente de los demás partidos a ojos del electorado (hasta el punto de que muchos otros partidos tuvieron que adoptar medidas similares, aunque fuese por pura cosmética). Y es importante dejar claro que lo de menos es el quién (solo relativamente: convendría analizar la procedencia de clase de los diputados electos, por ejemplo, o la relación de los distintos cargos orgánicos con el mundo del trabajo, o el papel de las mujeres en el nuevo star system): importa más el cómo. En 2014, Pablo Iglesias era para mí un perfecto desconocido. A quienes votamos por Podemos en las elecciones europeas de aquel año nos daba igual quién figurase en lista alguna, y no teníamos ninguna intención de perder el tiempo investigando quién era quién. Pero podía haberse intuido que esa tarea la harían los medios por nosotros. Y podría haberse previsto que la soberbia del equipo de Iglesias, sus actitudes despóticas dentro del partido en vísperas del congreso de Vistalegre, y no digamos ya en sus postrimerías, dañarían notablemente la imagen de Podemos. La perversión del sistema hasta llegar a los dislates de la confluencia con IU (me refiero a la confección de listas, no a la confluencia en sí) solo añadió gravedad al asunto, pero el daño ya se había hecho antes.

Transversalidad. Se abusó de expresiones poco afortunadas, como la dichosa centralidad del tablero, pero la hipótesis de partida era correcta: desde la dicotomía izquierda/derecha era prácticamente imposible desbancar a las elites en la arena electoral. Los nuevos movimientos sociales llevaban en su agenda un talante pragmático difícil de comprender para quienes provenimos de marcos mucho más ideologizados, pero más eficaz y, sobre todo, más eficiente en el horizonte epocal del nuevo precariado. Y aquí entra en juego (lo había prometido) la relación con el electorado del PSOE: un electorado para el cual las marcas ideológicas son fundamentales, y con el cual no cabe entrar en disputa por apropiarse de ellas. Pues bien: desde las elecciones autonómicas de 2015, Podemos se ha empeñado en embestir al PSOE no como si lo mereciera (que seguramente lo merece) sino como si esa fuese su principal razón de existir. La noción gramsciana de hegemonía, de la que tanto se abusa en la papirotecnia de Podemos (un tanto superficialmente, y otro día hablaremos de la solvencia intelectual de los sabios de la tribu), fue sustituida, en la práctica, por una noción de hegemonía más propia de las ciencias biológicas: aplastamiento del competidor en su propio nicho ecológico. Resultado: el PSOE te arrastra a su agenda, te impone su marco de discusión, amplifica cualquier punto débil (y hace bien) con la intención de repeler a la especie invasora. Mientras tanto, en una galaxia muy cercana, Mariano Rajoy y su perro Rico se dan un paseo sin que nadie les estorbe.

Diversidad. Es curioso que, de todos los presuntos significantes vacíos que podían haberse abandonado en la deriva de Podemos hacia su conversión en franquicia, solo uno siguió aprovechándose hasta el final, a saber, el significante “patria”. No diré que es la expresión de un centralismo escasamente disimulado (salvo en Cataluña, donde a la fuerza ahorcan, después de las meteduras de pata de Iglesias en la campaña autonómica), porque parece que ese centralismo no pasa factura, a tenor de lo visto en Euskadi, pero sí me interesa subrayar con qué se ha querido rellenar ese vacío: con una versión de El pueblo unido jamás será vencido interpretada por Julio Anguita. Si hace unos meses podíamos recordarle a Íñigo Errejón que España no es Ecuador, en estos últimos meses alguien debería haberle recordado a Pablo Iglesias que España tampoco es el Chile de 1970. La imagen de Podemos se ha vuelto cada vez más uniforme, más gris, menos representativa de una sociedad y unas clases populares cuyos memes identitarios son incompatibles con los lemas de las izquierdas tradicionales. Lo cual no sería excesivamente grave si el funcionamiento de Podemos le permitiera ajustar esa imagen, y el discurso subyacente, a las demandas de un cuerpo político-electoral que participara activamente en las decisiones del partido. Lo que ocurre es que no hay tal ajuste, porque el funcionamiento de Podemos hace tiempo que se alejó de esos espacios de conflicto para replegarse en habitáculos virtuales en los que no circula el aire, solo las consignas. Esa burbuja virtual es incapaz de incorporar no ya la discrepancia sino la simple divergencia. Se ha vuelto expresión de un pensamiento gregario que replica en todos sus niveles la obsesión por la fotografía totalitaria: los selfies de los fans con sus ídolos y los retratos de grupo con notables al frente y de espaldas a su público.

Las primeras asambleas de Podemos a las que asistí me resultaron chocantes por lo que tenían de ingenuo, de poco histriónico, de ceremonial: pretendían trasladar los espacios abiertos y los ritmos de discusión de las plazas de mayo de 2011 a un ámbito donde todavía no funcionaban los grupos de Telegram. La asamblea de Vistalegre me resultó chocante por lo que tenía de fastuoso, de high-tech político, de derroche de I+D+i en el campo del combate ideológico. La última reunión de Podemos a la que asistí, como invitado, en vísperas de la dichosa confluencia con IU, tuvo lugar en un ambiente oscuro, cerrado y húmedo, tal vez por casualidad (o porque era invierno), y en ella se sucedieron soporíferos discursos de sedicentes líderes a los que solo escuchaban sus más fieles seguidores (y sus asesores contratados) mientras la mitad de los espectadores se entretenía difundiendo chismes sobre la otra mitad. Me pareció que, como broche final a una trayectoria decadente, no encontraría otro igual. Me equivocaba: faltaba el escrutinio de los votos.


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Almuerzu continental

26 Xunu, 2016

Artículu de güei pa La Voz de Asturias, equí.


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Politainment

20 Xunu, 2016

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.


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La Europa d’una nueche de San Xuan

12 Xunu, 2016

Artículu de güei pa La Voz de Asturias, equí.


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La cabeza del lobo

5 Xunu, 2016

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.


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El turista electoral

29 Mayu, 2016

Artículu de güei pa La Voz de Asturias, equí.


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El Ojo Vago, en Uviéu

23 Mayu, 2016

Lunes 23 de mayo y presentaremos, a las 19 horas, El ojo vago en la Librería Cervantes de Uviéu.

Para contar alguna vaguedad sobre las cochinas lecciones del corazón o, en su defecto, sobre cualquier otra cosa, me acompañará el incombustible Maxi Rodríguez.


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La manga ancha del mal menor

22 Mayu, 2016

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.


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El Ojo Vago, en Xixón

17 Mayu, 2016

El jueves 19 de mayo, a las 20 horas, presentaremos en Xixón El ojo vago. Será en la librería La Buena Letra. Nacho Vegas hará de maestro de ceremonias y yo algo haré también, supongo.

Teaser “El Ojo Vago” from Malu Ceca on Vimeo.


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Ecualízame esto

15 Mayu, 2016

Artículu nuevu n’Asturias24 calcando equí.


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Estilos de dicción

8 Mayu, 2016

Nuevo artículo en Asturias24 pinchando aquí.


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Retratu de grupu en bancu d’acusaos

1 Mayu, 2016

Artículu nuevu n’Asturias24 calcando equí.


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El candidato independiente

24 Abril, 2016

Nuevo artículo en Asturias24 pinchando aquí.


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Apostilla (lingüística) a El ojo vago

22 Abril, 2016

Mockup_Portada_EL OJO VAGO

El ojo vago es mi primera novela escrita en castellano. Después de un cuarto de siglo escribiendo y publicando casi exclusivamente en asturiano, supongo que algo tendré que decir al respecto.

Antes de 2011 nunca me había planteado en serio que el asturiano dejara de ser mi lengua literaria. Justo ese año empecé a notar que algo había cambiado. Intenté aclarar mis ideas en una especie de confesión que titulé Ensayo sobre la sexualidad de los asturianos y que entregué, una vez finalizada, a la crítica roedora de los ratones, que diría Marx. A lo mejor un día rescato lo que queda de ella y la aireo un poco. Pero aún no.

Por el momento, bastará con esbozar las conclusiones de aquel ensayo. Muy resumidas, son las siguientes: 1) El desprecio histórico de los intelectuales asturianos hacia la lengua asturiana tiene un origen de clase pero funciona al mismo nivel que los mecanismos de represión de los impulsos sexuales. 2) Esos mecanismos establecen una cierta equivalencia entre la lengua de las clases populares, la sexualidad femenina y la suciedad del mundo campesino, poniendo en el otro fiel de la balanza a la lengua castellana junto con la ambición de poder del macho burgués asturiano y su obsesión por alejarse lo más posible del mundo campesino. 3) Ese distanciamiento, esa obsesión por la pureza y la limpieza, abre una herida, genera una frustración, un complejo. 4) Al constituirse como imagen invertida de ese sistema de pensamiento, el asturianismo cultural ha reproducido también esa herida interna, generando imágenes y anhelos de pureza y orgullo profundamente insatisfactorios. 5) Todo ello puede resumirse en el mandamiento único del superego asturiano, a saber: “Habla bien y folla mal”.

Vale. Supongo que a estas alturas ya no queda nadie por aquí que se lo tome en serio. El Ensayo sobre la sexualidad de los asturianos pretendía, fundamentalmente, hacer reír. Hacerme reír a mí, y hacer que me riera de mí mismo.

Empecé a escribir El ojo vago en 2012, pero solo empecé a dedicarle tiempo en 2013. Para entonces ya había descartado y casi olvidado la mayoría de las memeces que componían el Ensayo sobre la sexualidad de los asturianos, pero no así la enseñanza paralela que extraje de aquella experiencia: que podía utilizar el castellano para reírme de cualquier solemnidad que se pusiera a tiro.

La mayoría de las novelas que releo con frecuencia tienen que ver con la risa, de un modo o de otro: La conciencia de Zeno, Pálido fuego, Matadero Cinco, El lamento de Portnoy (y buena parte de la obra de Philip Roth), Yo serví al rey de Inglaterra (hay una cita de esta novela al comienzo de El ojo vago). Incluso el Faulkner que más me gusta es el que sabe hacer reír, el que se vale de la socarronería y la retranca. Y luego está Terry Pratchett, al cual solo me arrebataréis de mis frías manos muertas.

Medirse con los grandes exige un material que uno no tenga reparos en retorcer y manipular. Hacer comedia en asturiano, en cambio, me parece tan arriesgado como diseñar una fuente ornamental de nitroglicerina: material inflamable. Tal es el peso del desprecio hacia el idioma asturiano: acostumbrados a ver en él un vehículo para lo cómico, algo que hace reír por su mero uso, es verdaderamente difícil apropiarse de él en clave cómica sin caer en el cliché, sin convertir la burla en una burla hacia el idioma. No digo que no pueda hacerse, sino que es difícil; requiere una concentración y un cuidado que yo no podía garantizar cuando empecé a escribir El ojo vago. Además, sentía curiosidad por saber si sabría trabajar el metal después de tantos años esculpiendo en mármol.

Ya está. Hasta aquí mis aclaraciones sobre esa traición lingüística (veo venir la acusación a todo tren por las vías habituales). Desde luego, lo más recomendable es tomárselas tan en serio como las jeremiadas del Ensayo sobre la sexualidad de los asturianos: puede que estos sean los motivos, puede que sean otros, puede que no los haya.

En el fondo, tal vez la única razón de peso para usar un idioma u otro sea aquella que el filósofo Lluís Álvarez esgrimía para justificar escribir en asturiano: porque a uno le da la gana.

Por lo demás, en El ojo vago hay reencarnaciones, sí, unas cuantas, y sale David Bowie, y (cómo no) también sale un cuervo.


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