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Blog de Xandru Fernández
Updated: fae 22 hores 41 min

Podemos, tú antes molabas

20 Mayu, 2015

Se diría que el último año ha durado veinticuatro meses. Nada es lo que era hace un año, y sorprendentemente ha aumentado el número de personas que desearían que todo volviera a ser como hace un año. La culpa es, cómo no, de Podemos. Añoran los palmeros del PP aquella época, no tan lejana, en que no tenían que esconder su logotipo en la propaganda electoral. Los turiferarios del PSOE añoran los buenos tiempos en que su intención de voto caía en picado pero no tenían que esforzarse en parecer lo que no son. En Izquierda Unida hay quien añora la época en que sus dirigentes no se vapuleaban en público, pero para eso hay que remontarse a 1986 y en aquel entonces, doy fe, Podemos no existía. Salvo de esto último, Podemos es responsable de todos los males recientes de la política española. Ojalá no hubiera aparecido nunca.

Se da también un género de añoranza que busca en Podemos lo que hace un año, más o menos, se imaginó que Podemos era o podía ser. Y por supuesto no faltan quienes añoran ese verano del amor en que Podemos, sin candidatos, ni programa, ni convocatorias electorales, rozaba la mayoría absoluta en todos los sondeos.

Hasta aquí, la vox populi. Que en buena medida sigue siendo, al igual que hace un año, lo que los medios difunden y las encuestas cuantifican, aunque siga sin estar claro cuáles son las fuentes de unos y de otras. Un siniestro guión, con su chispa de ingenio, que está influyendo sin duda en la opinión pública, pero que no puede tomarse como instantánea de un momento histórico. Los poderes fácticos han tardado en reaccionar, pero lo han hecho, y se han esmerado en seguir estrictamente los consejos de la Escuela de las Américas en cuestiones de contrapropaganda. No tiene mucho sentido replicar, salvo que uno sea propietario de un periódico, y ni siquiera: aquellos que se acercaron a Podemos atraídos por el dulce aroma del éxito, o por el lenguaje altisonante en materia de castas, volverán a hacerlo el próximo 25 de mayo si Podemos obtiene un buen resultado este domingo, y de lo contrario pasarán a engrosar las filas del desencanto militante, solo que con un nuevo partido que añadir a los de siempre. Podrá sonar despectivo, incluso a alguien le parecerá contraintuitivo, pero el éxito a cualquier precio no es un objetivo legítimo en política: los cambios políticos se apoyan en cambios sociales, y si no hay una base social que los sustente, los primeros serán tan duraderos como un castillo de arena.

Poco a poco iremos viendo cuánto hay de arena y cuánto de cemento en la base social de Podemos, pero es pronto para hacerse una idea. Y lo es porque se dan en estos momentos tres factores que, combinados, no permiten diagnosticar cómo estamos: 1) la contraofensiva mediática, 2) lo reciente (y complejo) de los procesos de organización interna de Podemos, y 3) lo vertiginoso (y no menos complejo) de los procesos electorales en marcha. Hacer conjeturas en esas circunstancias es perder el tiempo.

No es perder el tiempo, en cambio, contribuir a que la burbuja explote de una vez: reconocer que, efectivamente, Podemos está compuesto por personas, de hecho es el único partido, que yo sepa, donde no se ha reservado el derecho de admisión, y eso conlleva unos riesgos, el primero de ellos, y no el menos importante, ser una imagen fiel de la sociedad en que vivimos y de la gente que la compone. Podemos no nació para mejorar la naturaleza humana, ni para expedir certificados de pureza, y si nos ha defraudado darnos cuenta de que también entre nosotros hay gente mezquina, y si resulta que Podemos nos gustaba porque no conocíamos personalmente a Pablo Iglesias pero ya no nos gusta porque sí conocemos en persona al secretario general de nuestra localidad y es un perfecto gilipollas, lo que estamos haciendo entonces es aplaudir lo que ya había, a saber: una partitocracia separada de la gente corriente por una muralla de asesores de imagen.

Bajar de esa nube de efervescencia emocional será, entonces, hacerlo con todas las consecuencias, y asumir que no éramos más puros hace un año, cuando no habíamos traicionado ningún ideal evanescente ni habíamos conseguido que el tonto del pueblo acaudillara una CUP. Será asumir que hace un año ni el PP ni el PSOE estaban dispuestos a ceder un milímetro en su plan de invasión del bolsillo ajeno y que no dudarán en recuperar el terreno perdido a poco que perciban la menor flaqueza. Será, en fin, no dar por sentado que en las catacumbas vivíamos mejor, porque estábamos a dos telediarios de que nos desahuciaran también de las catacumbas.

Tengo cuarenta y cinco años. Nunca antes había visto a las elites de este país comportarse de la forma en que lo están haciendo: con vileza, con torpeza, con miedo. Nunca había asistido a un espectáculo tan bochornoso como el que están dando los beneficiarios del régimen, sabedores de que, esta vez, no habrá pactos en restaurantes de lujo que garanticen sus puestos de trabajo. No es la primera vez que me miran con la agresividad de quien, sin dudarlo, me pegaría un tiro, pero sí que es la primera vez que detrás de esa mirada se oculta la certeza de que no habrá balas suficientes.

En la novela Jonathan Strange y el señor Norrell, John Segundus hace una pregunta: desea saber “por qué los magos modernos no eran capaces de practicar la magia que describían”. Es la misma pregunta que muchas personas llevábamos años haciéndonos, solo que referida, no a la magia en sí misma, sino a la política entendida como arma de construcción masiva, no como postureo de almas bellas instaladas en la marginalidad de lo simbólico. Lo que a muchos nos atrajo de Podemos fue que por fin era posible hacer magia. No importa que por el camino hayamos descubierto algunas verdades sobre el comportamiento humano. Nuestra responsabilidad no es hacia los errores del pasado, sino frente a los terrores del futuro. Toca ejercerla sabiendo que el momento es ahora.


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¿Por qué votamos lo que votamos?

18 Mayu, 2015

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Deseo de ser Steve McQueen

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Ciudadano Montoro

22 Marzu, 2015

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Podemos hacerlo mejor

18 Marzu, 2015

Hace un año, los recién nacidos círculos de Podemos avalaban a sus candidatos para las primarias a las elecciones europeas. Parece que ha pasado un siglo y, lo que es peor, parece que nos hemos pasado ese siglo celebrando primarias. Corremos el riesgo de cambiar un grito de protesta por un grito primario. El “no nos representan” podría convertirse fácilmente en la utopía de una ciudadanía autorrepresentada que solo se reconocerá en el espejo a condición de que el eje de simetría no distinga la derecha de la izquierda. A duras penas nos da tiempo a respirar.

Las prisas no son buenas consejeras. El refranero popular, tampoco. De hecho, en ocasiones la importancia de una decisión es función directa de su carácter de urgencia: cuando el artificiero duda entre cortar el cable rojo o el azul, no cabe pedir más tiempo, puesto que, con suficiente tiempo, cualquiera echaría a correr y no sería necesario cortar ningún cable. Así las cosas, uno no puede escudarse en las prisas para justificar sus errores. Si cortas el cable equivocado, no hay DAFO que recomponga los trozos.

Podemos ha demostrado que en muy poco tiempo se pueden hacer grandes cosas. Aquellas primeras primarias, ciertamente, olían bien. Si salían mal, ningún órgano vital se vería afectado. Al igual que pasaría después con las elecciones europeas, lo novedoso del experimento era lo que lo hacía atractivo: cualquier partido político que pasase después por unas primarias, lo haría a la sombra de Podemos, y la calidad democrática de esos procesos selectivos se mediría siempre por su semejanza con aquellas primarias de Podemos. Ni IU ni el PSOE podían remontar ese marcador.

Pero Podemos no podía ser ajeno a ese altímetro participativo: cada movimiento suyo también sería comparado con aquellas primarias lustrales y no hacía falta ser adivino para darse cuenta de que siempre saldríamos perdiendo en cada comparación. Hubo turbulencias cuando Pablo Iglesias nombró a aquel equipo técnico que organizaría la asamblea constituyente del partido, y hubo también tensiones cuando se optó por elegir a los integrantes de su consejo ciudadano mediante un sistema de listas que, sí, eran abiertas, pero eran listas. El mismo procedimiento se siguió para elegir a los órganos internos a nivel local y a nivel autonómico, y el mismo, o similar, se ha seguido ahora para configurar las candidaturas a las elecciones autonómicas, primero en Andalucía y a continuación en todas aquellas comunidades donde las habrá el próximo mes de mayo.

Estos procesos generan fricciones. Es lógico. En primer lugar, Podemos depende en gran medida de la proyección mediática de un grupo de personas a las que se pone en situación de decidir quiénes son elegibles, a pesar de que esa condición se le presuponga formalmente a todo el mundo. En segundo lugar, la competencia entre equipos fuerza el alineamiento y la confrontación entre grupos de afines, lo cual no es preocupante porque divida, sino porque une: reconduce la diversidad inicial y la distribuye en bloques. En tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, a las inevitables frustraciones personales hay que añadir un nuevo elemento desmovilizador: si en aquellas primarias de hace un año cualquier persona podía sentirse representada puesto que, como un espejo, lo que devolvía aquella imagen era la multiplicidad de una sociedad disconforme con etiquetas y categorías predefinidas, en cambio ahora la formación de equipos ha llevado forzosamente a la creación de retratos de grupo mucho más homogéneos y donde, por tanto, más difícil se hace el reconocimiento inmediato de uno mismo. Si a todo esto añadimos el efecto amplificador de las redes sociales, fundamentales en el modus operandi de Podemos, nos dan los idus de marzo de 2015 con varios errores en el sistema de archivos.

Por si esto fuera poco, todos estos movimientos internos tienen lugar en medio de una fuerte marejada: como era de prever, quienes se sienten más amenazados por el avance de Podemos han empezado a movilizarse, y no hay día que no venga acompañado de ráfagas de metralleta mediática. El cierre de filas, inevitable, no ayuda a combatir la campaña de desprestigio, y es muy probable que estemos contribuyendo a hacerla más intensa y más extensa: Monedero no es Bárcenas, pero tampoco es el subcomandante Marcos, por muchos memes épicos que fabriquemos. Tampoco tiene por qué serlo, y de hecho parte de la gracia de Podemos radica en haberse alejado de un imaginario izquierdista en descomposición. Pero hay margen para soltar lastre sin perder el control del globo, y a estas alturas de la travesía convendría haber aprendido a identificar aquella parte de la carga que no se puede dejar caer salvo que el objetivo sea flotar indefinidamente en la estratosfera.

Podemos hacer las cosas mucho mejor. Para empezar, podríamos despejar cualquier duda sobre el carácter humano de este y de todo proyecto político. Aunque no es inevitable que Podemos llegue a buen puerto, a veces tiene uno la sensación de que nos hemos abandonado a una especie de determinismo fantástico, como si en algún lugar estuviese escrito que tuviéramos que ganar. No lo está, y no solo por causas exógenas: una estrategia brillante puede dejar de serlo en cuanto deja de ser flexible. De un modo análogo, extirpar la confrontación programática por temor a alejarse de la “centralidad del tablero” puede ser útil en momentos de agitación civil extrema, pero es peligroso si conduce a anular la discrepancia, especialmente cuando el dogma es más cosmético que ideológico. En otras palabras, cuanto más se baje el listón de las aspiraciones políticas, más fácil será que otras formaciones lleguen a él y lo sobrepasen.

Utilizo esa primera persona del plural no solo porque sería insultante por mi parte el fingir a estas alturas que observo imparcialmente un proceso en el que no he tomado partido: me presento a las primarias para la candidatura autonómica asturiana, de modo que no pretendo situarme ni al margen ni por encima de algo que últimamente, más que definirme, me estigmatiza. Creo, además, que es conveniente insistir en que nada nos caerá del cielo, ni el cielo mismo: con todas nuestras mezquindades, nos toca impugnar el previsible argumento de que Podemos defraudará porque no se puede cambiar la naturaleza humana. Claro que se puede; lo que no se puede cambiar son las leyes de la termodinámica, y es termodinámicamente cierto que todo sistema tiende al desorden y que la organización de un conjunto requiere un gasto de energía proporcional a la entropía que se pretende corregir. Habría sido un error confiar en la asamblea interminable como método de intervención democrática, pero no sería menos grave creer que todo Podemos cabe en un puñado de estructuras orgánicas. Eso sirve para los partidos con redes clientelares, no para un instrumento cuya función es disolver esas redes.

Cierto, todo va muy rápido, hay prisas de muy diverso género que se llevan por delante buenas dosis de sentido común, y sabemos que muchas malas decisiones no se habrían tomado si hubiese habido tiempo, más tiempo, para la reflexión. Pero esa no es razón para seguir cortando los cables equivocados.

Podemos (sabemos) hacerlo mejor. Toca apostar por quererlo.


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